Sinonimia entre los conceptos Mesías e Hijo de Dios

El concepto de Hijo de Dios recogido en algunos textos evangélicos y que los exegetas cristianos concibieron como prueba de una relación filial física entre Jesús y dios, era  conocido en los antiguos textos judíos, tanto en los veterotestamentarios como en los de Qumrán.

La potestad de ser designado con el apelativo de El Hijo de Dios constituye una legitimidad que en derecho corresponde al Mesías.

Lo uno no se entiende sin lo otro.  

Los antiguos textos hebros asimilaban el concepto de Hijo de Dios al Mesías

1.- Los orígenes del concepto Mesías.

El término Mesías que es la castellanización de un vocablo hebreo que en latín se asimilaría a Ungido y en griego a Cristo, comenzó haciendo referencia a la acción de rociar con aceite de oliva a una persona o a una piedra, con la finalidad de significar que con este rito tal persona o tal piedra quedaba consagrada a la divinidad.

En el orden cronológico establecido en el relato veterotestamentario, la primera alusión a una consagración mediante el óleo no se refiere a la de una persona, sino a un objeto inanimado.

Ocurre durante un sueño de Jacob en el que le habla Jahvé, en el mismo lugar en que Abraham le había levantado a este un altar poniéndole por ello el nombre de Bethel o Casa de Dios.

Esta primera unción litúrgica ocurrida en la localidad cananita, la describe el Génesis de la siguiente forma:

16 Despertó Jacob de su sueño, y se dijo: “Ciertamente está Yahvé en este lugar, y yo no lo sabía”;”

17 y, atemorizado, añadió: “¡Qué terrible es este lugar! No es sino la casa de Dios y la puerta de los cielos.”

18 Levantóse Jacob bien de mañana, y, tomando la piedra que había tenido por cabecera, la alzó como memoria y vertió óleo sobre ella.

19 Llamó a este lugar Betel, aunque la ciudad se llamó primero Luz.

20 E hizo Jacob voto diciendo: “Si Yahvé está conmigo, y me protege en mi viaje, y me da pan que comer y vestidos que vestir,

21 y retorno en paz a la casa de mi padre, Yahvé será mi Dios;”

22 esta piedra que he alzado como memoria será casa de Dios, y de todo cuanto a mí me dieres, te daré el diezmo.” (Génesis 28, 16-22)

La consagración por el aceite de estelas conmemorativas precedió, siempre según se desprende de los textos veterotestamentarios, a la práctica de utilizar el ritual del rociamiento con óleo para consagrar personas. La unción litúrgica de objetos inanimados por el óleo acabó inspirando las consagraciones personales, cuyo ejemplo más antiguo lo encontramos en un pasaje del Levítico en el que Moisés rocía “con óleo de unción y sangre” a su hermano Aarón:

Tomó Moisés el óleo de unción y sangre de la que había en el altar, asperjó a Aarón y sus vestiduras y a los hijos de Aarón y a sus vestiduras, consagrando a Aarón y sus vestiduras y a los hijos de Aarón y sus vestiduras. (Levítico 8, 30)

Obsérvese que el pasaje habla de consagrar “con óleo de unción y sangre” en esta primera unción de carácter personal. ¿A razón de que se hace referencia a la utilización de la sangre como elemento de consagración?.

La sangre constituye un remanente psicológico que remite la práctica hebrea de la unción con óleo, a los mitos creacionistas acadios sobre el origen del primer ser humano, surgido a partir del acto de rociar la sangre de un dios sobre una porción del barro del Apzu.

El mito acadio que otorgó vida a Adamu se proyectó en la tradición hebrea en la práctica de consagrar por el óleo, siendo entonces que este es en realidad el sustituto ceremonial de la sangre.

Para conocer más sobre esta teoría se puede consultar el siguiente enlace:

https://joseangelh.wordpress.com/2011/12/11/el-mito-de-adan-y-la-simbologia-de-la-montana-cosmica-en-la-mente-sumeria/

2.- El concepto de Hijo de Dios utilizado para referirse al rey David

La consagración de Aarón `por el óleo legitimó una Casa sacerdotal, pero también habría de legitimarse una Casa real en la tradición judía.

El libro de 1 Samuel nos narra de la siguiente manera la primera unción de carácter real acontecida entre el pueblo hebreo:

Tomo Samuel una redoma de óleo, la vertió sobre la cabeza de Saúl y le besó, diciendo: “Yahvé te unge por príncipe de su heredad. Tú reinarás sobre el pueblo de Yahvé y le salvarás de la mano de los enemigos que le rodean. Esto te será señal de que Yahvé te ha ungido como jefe de su heredad. (1 Samuel 10, 1)

Si bien la mención más antigua a una unción real en el relato veterotestamentario no corresponde a la de Saúl, sino que acontece entre una tribu no hebrea a la que el hagiógrafo del libro de Jueces atribuye también esta tradición. (Jueces 9, 7-8).

De la lectura del texto bíblico se infiere que la unción por el aceite no se hacía cada vez que un Sumo Sacerdote o un rey accedían a su puesto, sino solo en el caso de que supusiese la llegada a este de una nueva familia o de que hubiese que dirimir una disputa de legitimidad.

La legitimidad ante dios es la clave para entender la naturaleza del concepto Mesías.

El libro de Salmos refiere la elevación de David al rango de Mesías, es decir, de rey consagrado por el ritual del óleo rociado sobre el:

21 he hallado a David, mi siervo; le he ungido con mi óleo consagrado,”

27 El me invocará, diciendo: “Tú eres mi padre, mi Dios y la Roca de mi salvación.”

28 Y yo le haré mi primogénito, el más excelso de los reyes de la tierra. (Salmos 89, 21 y 27-28)

Unos versos antes del mismo libro de Salmos, se aludía a la condición del rey David como hijo de dios:

7 Voy a promulgar un decreto de Yahvé. El me ha dicho:

8 “Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy. Pídeme, y haré de las gentes tu heredad, te daré en posesión los confines de la tierra. (Salmos 2, 7-8)

No puede caber duda alguna de que estos versículos referidos al rey David asimilaban entre si los conceptos Mesías e Hijo de Dios.

3.- El concepto Hijo de Dios entre los sectarios de Qumrán

Un fragmento de manuscrito hallado entre las cuevas de Qumrán y datado hacia la primera mitad del siglo I fue catalogado como 4Q246. Contenía un texto en arameo que rezaba de la siguiente manera:

1 Será denominado hijo de Dios, y lo llamarán hijo del Altísimo. Como las centellas 2 de una visión, así será el reino de ellos; reinarán algunos años sobre 3 la tierra y aplastarán todo; un pueblo aplastará a otro pueblo y una ciudad a otra ciudad, 4 hasta que levante al pueblo de Dios y haga descansar a todo de la espada. 5 Su reino será un reino eterno, y todos sus caminos en la justicia; juzga [rá] 6la tierra con justicia, y todos harán la paz. Cesará la espada en la tierra, 7 y todas la ciudades le rendirán homenaje. El Dios grande con su fuerza 8 hará la guerra por él; pondrá los pueblos en su mano y 9 arrojará todos ante él. Su dominio será un dominio eterno, y todos los abismos. (“Los hombres de Qumrán”, de Florentino García Martínez, 1993 – 4Q246, Columna II, veros 1-9 )

Las palabras recogidas en el texto del manuscrito de Qumrán “Será denominado hijo de Dios, y lo llamarán hijo del Altísimo” tienen una innegable similitud con las contenidas en el Evangelio de Lucas:

30 El ángel le dijo: No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios,

31 y concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús.

32 EL será grande y llamado Hijo del Altísimo, y le dará el Señor Dios el trono de David, su padre,

33 y reinará en la casa de Jacob por los siglos, y su reino no tendrá fin. (Lucas 1, 30-33)

Conclusión

La alusión al concepto Hijo de Dios no era desconocida para los judíos antes de la época en que la tradición supone que vivió Jesús. Pero tanto en la literatura judía veterotestamentaria como en la de Qumrán, el apelativo de Hijo de Dios era usado en forma figurativa para señalar al Mesías, nunca para conceptualizar una filiación divina en sentido físico entre el Mesías y dios.

Las referencias contenidas en el libro de Salmos en torno a la paternidad divina del rey David así lo constatan.

Hijo de Dios y Mesías aludían a conceptos figurados que en la mente de los judíos del siglo I remitían a la idea de un mismo personaje. Este debía presentarse como heredero legitimo de la Casa de Arón o de la de David, para convertirse en el líder que reiniciase el poderío de una u otra y liberarse a su pueblo del dominio romano.

Pablo alteró esta percepción helenizándola, revistiendo al concepto judío de Hijo de Dios de la visión griega que imaginaba a sus dioses concibiendo hijos con humanos.

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