Analogías indias con Tartessos y la Atlántida

Estrella tartéssica

En una de las escasas obras que sobre escritura proto india han proliferado entre especialistas occidentales se puede leer el siguiente texto:

Los protoindios, como han revelado las inscripciones, fueron los descubridores de los movimientos del Sol a través del cielo, lo cual fue el fundamento del sistema zodiacal. Su zodíaco tenía solamente ocho constelaciones y cada constelación se suponía que era una “forma de Dios”. Todas esas formas de Dios finalmente vinieron a ser deidades que presidían cada constelación; así sucedió en Roma, por ejemplo. Las ocho indias son: Edu (carnero), Yal (arpa), Nand (cangrejo), amma (madre), Tuk (balanza), Kani (saeta), Kuda (jarro), Min (pez)». El sistema dodecanario del zodíaco sólo aparece en la forma en que actualmente lo conocemos a partir del siglo VI antes de Jesucristo. (1)

La divinidad solar recorre las ocho constelaciones para completar el año estacional, siendo que el paso por cada una de ellas se manifiesta en la personificación de una forma divina. Con la llegada del budismo a la India, que coincide con el siglo VI a.C. al que hace alusión H. Heras, se produce el paso del calendario zodiacal de ocho constelaciones al de doce que ha persistido hasta nuestro tiempo.

 Ãn” como vocablo que abarca la idea de superioridad y de subsistencia por si mismo y que era identificado también con el Sol, “Uyarel ire per kadavul”, “El gran dios que es el alto Sol”. Ésta identificación es primordial para comprender la idiosincrasia de ésta religión, pues el Sol al recorrer las ocho constelaciones/periodos del calendario proto-indio, tomaba en cada mes la personificación en correspondencia. Así, los meses/periodos eran “Edu”, el carnero, y con el que empezaba el año; “Yal”, el arpa; “Nand” (6,4) , el cangrejo; “Amma” (1,12), la madre; “Tûk” (1,3) , la balanza; “Kani” (4,8), la saeta; “Kuda” (19,8), el jarro; y “Mîn” (4,10), el pez. Como consecuencia de su identificación con cada uno de los ocho meses/periodos del año , se daba al dios Ãn el nombre de “El dios de la ocho formas”, “Et kadavul” y así nos relata el texto:, “Adu tali per mÎn orida et kadavul” (4) , “Este, el dios de la ocho formas, el gran pez, al que se le hacen aspersiones (adoraciones)”. (2)

La estrella de ocho puntas en Tartessos y en la tradición religiosa india

Las ocho deidades, o más bien ocho formas de la deidad primigenia, que presiden cada una de las constelaciones shivaíticas según H. Heras, podrían darnos una primera aproximación al simbolismo del número ocho en la primitiva religiosidad india, pero también en la de las gentes que habitaron en el segundo y primer milenio a.C. en el sur de la península ibérica, y que algunos autores han llamado tartéssicos, siendo mas tarde identificados estos con los turdetanos. La estrella de ocho puntas se puede ver en fragmentos de cerámica de la Cueva de la Carigüela de Piñar en la provincia de Granada, o en la Cueva de Jimena de la Frontera en la de Cádiz, entre otros lugares arqueológicos.

Este conocido símbolo turdetano que algunos arqueólogos han denominado estrella tartéssica, se supone compuesto de la superposición de dos cuadrados concéntricos de los que uno de ellos ha sido girado 45 grados, resultado de lo cual surge una estrella de ocho puntas.

Las ocho constelaciones de las gentes del Valle del Indo de las que habló H. Heras (1) , pudo haber tenido una derivación tardía en la estrella de ocho puntas que la tradición religiosa india asocia a la diosa Laksmí, o en la flor de loto de ocho pétalos del budismo.

En la religiosidad india alegoriza la manifestación del mundo físico como creación de la divinidad, siendo que cada pétalo alude a uno de los cinco elementos, tierra, agua, fuego, aire, y éter, y a las potencialidades humanas del intelecto, la mente, y el ego. Esta simbología de la flor de loto de ocho pétalos aparece en una manifestación tardía de la religiosidad india, el hinduismo, donde en sánscrito se la denomina apara-prakriti o naturaleza inferior:

 La Tierra, el agua, el fuego, el viento, / el éter, la mente, la razón, el yo: esta/ Naturaleza mía está escindida en ocho partes. (3)

El principio creador se escinde en ocho partes para manifestarse en la realidad física, que es el mundo perceptible por los sentidos naturales y las capacidades intelectuales humanas. Esta escisión en ocho partes se corresponde con la naturaleza inferior, pero aquel principio creador se asigna a si mismo otra naturaleza superior que es la verdadera mantenedora del mundo:

Es la inferior: pero otra/ Naturaleza superior de Mí conoce, el Ser Viviente, oh el de los Grandes Brazos,/ por el cual este mundo se mantiene. (3)

Hay que tener en cuenta que un mismo arquetipo puede variar su simbolismo de una cultura a otra, e incluso dentro de una misma cultura experimentar evolución en su significado a través del tiempo. En el caso de la simbología india es más evidente la evolución de los significados arquetípicos, dada la gran diversidad de aportaciones culturales y religiosas que esta sufrió a lo largo de su dilatada historia.

Obviamente, tal diversidad debió repercutir en el significado que un mismo arquetipo que conserva su apariencia externa, pudo experimentar en áreas que aunque ligadas por nexos económicos y culturales, se ven sometidas a influencias diferentes por el efecto geografico, caso de la estrella de ocho puntas tartéssica en relación con la estrella de ocho puntas india de Laksmí.

La diosa india Sarasvati y el Bronce Carriazo

La divinidad india Sarasvati se reconoce en su manifestación más primitiva en la diosa Jansá Vahini, de la que se decía que tenía como vehículo un ánsar indio, un ave que habita en el Asia central, pero que en invierno emigra a las regiones húmedas de la India, al lado de cuyas corrientes de agua crece la flor del loto, de ahí la asociación de la diosa Sarasvati o Jansá Vahini con el ánsar y la flor del loto. Quizás aparezca en esta identificación de la diosa india una relación con la iconografía contenida en el Bronce Carriazo atribuido por algunos arqueólogos a la cultura tartéssica del sur de la península ibérica.

Se la suele representar en los márgenes del rio Sárasuati, lo que parece relacionarla con la naturaleza de las divinidades acuáticas, y por ello con un origen más antiguo que el de otras divinidades femeninas indias. Este rio tiene importancia en los textos del Rig Veda, donde es mencionado numerosas veces (4). De hecho, la diosa Sarasvati comenzó siendo una personificación de este río.

La Batalla de los diez reyes y el mito de la guerra de Atlántida con la Atenas primitiva

La “Batalla de los diez reyes” es un hito guerrero relatado en el Rig Veda (5) donde se narra la derrota de una coalición de diez reyes a de diez reyes que intentaban conquistar el reino de Sudás, ubicado en el Punyab, entre los ríos Sarasvati y el Ganges.

El lingüista alemán Karl Friedrich Geldner (1852 – 1929), especialista en sánscrito védico escribió sobre la alusión en estos himnos védicos a la “Batalla de los diez reyes” que estarían “obviamente basados en un hecho histórico” (6).

 Al parecer Sudás y sus hombres lograron cruzar el Parusni con seguridad, mientras que sus enemigos, tratando de alcanzarlos, se ahogaron por una inundación, o fueron asesinados por los hombres del rey Sudás. (7)

La batalla parece enmarcarse en una disputa entre tribus arias durante su avance en el norte de la India, y puede estar fechada entorno a la mitad del segundo milenio a.C.. Este enfrentamiento inter-ario, en el que una coalición de diez tribus se vio enfrentado a la de Sudás, quien pese a todo pronostico resistió victoriosamente el avance de dicha coalición, pudo tener su reflejo mítico en la epopeya que Platón narra en el Timeo cuando habla de la guerra que la Atenas primitiva sostuvo con la coalición de los diez reyes de Atlántida (8).

Las analogías entre la civilización del Valle del Indo, diversos aspectos de la cultura del sur de la península ibérica atribuidos por algunos sectores del mundo de la arqueología a Tartessos, y el relato mítico de Platón sobre la Atlántida, son a mi entender más que evidentes.

Del Valle del Indo se puede decir sin exagerar que fue la cuna de una extraordinaria civilización que alcanzó altas cotas de desarrollo político, cultural, religioso, y tecnológico. Tal vez haya influido en el surgimiento de la civilización occidental en unos niveles que hasta ahora la historia y la arqueología parecen ignorar.

Quizás sea de justicia reconocer que el Mediterráneo no ha sido tan centro del mundo como hipnóticamente nos han hecho creer.

Notas
1. “La escritura Proto-Indica y su desciframiento” – H. Heras S.J., Barcelona 1940
2. Culturas del Valle de Indo: Los estados teocráticos y su manifestaciónes en la escritura proto-índica. (I), tomado a su vez de la obra de Jorge Quintana Vives, “Aportaciones a la interpretación de la escritura proto-índica” de 1946
3. Bhagavad-Gîtâ, Canto VII, 4-5, Edhasa 1988
4. Nadi stuti, Rig Veda 10:75. Los himnos 6:61, 7:95 y 7:96 están enteramente dedicados a este rio.
5. Rig Veda, Mándala 7, himnos 18:33 y 83:4-8
6. Der Rig-Veda aus dem sánscrito ins Deutsche übersetzt (3 vols.), Londres y Wiesbaden, 1951
7. Rig Veda, Mándala 7, himno 18:5
8. Diálogos de Platón, Timeo 25 a-d
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