La India se tocaba con las Columnas de Hércules según Aristóteles

“Imago Mundi” es el nombre de una obra de cosmografía escrita en 1410 por el teólogo francés Pierre d’Ailly. Entre otros autores recogió referencias cosmológicas y geográficas de Aristóteles, concretamente de su tratado de cosmología “De Caelo” (De los Cielos).

Cristóbal Colón tenía un ejemplar de este libro en su biblioteca personal, y en el capítulo 8 de este hizo la siguiente anotación: “Aristóteles: entre el final de España y el comienzo de la India hay un trecho de mar corto y navegable en pocas jornadas” (1).

Colón se refería así a sus conclusiones entresacadas de la lectura de un texto cosmográfico de Aristóteles  (384 a. C. – 322 a. C.):

 14. Posición y estado verdaderos de la tierra

Además, por la forma como aparecen los astros no sólo resulta patente que la tierra es esférica, sino también que su tamaño no es grande: en efecto, realizando un pequeño desplazamiento hacia el mediodía o hacia la Osa, surge ante nuestra vista un círculo de horizonte distinto, de modo que los astros situados sobre nuestra cabeza cambian considerablemente y hacia la Osa y hacia el mediodía no aparecen ya los mismos cuando uno se desplaza; pues en Egipto y en las inmediaciones de Chipre se ven ciertos astros, mientras que en las regiones situadas hacia la Osa ya no se ven, y los astros que en las regiones situadas hacia la Osa aparecen todo el tiempo se ponen, en cambio, en aquellos lugares. De modo que no sólo es evidente a partir de estas observaciones que la figura de la tierra es redonda, sino también que dicha figura es la de una esfera no muy grande: pues, si no, no haría patentes tan deprisa aquellos cambios al desplazarse uno tan poca distancia.

Por ello, los que suponen que la región en tomo a las columnas de Heracles se toca con la región en torno a la India y que, de este modo, hay un único mar, no parecen suponer cosas demasiado increíbles; dicen, poniendo como testimonio a los elefantes, que su especie se encuentra en ambos lugares, pese a ser éstos los más extremos, considerando que esto les ocurre a los extremos porque se tocan.

Asimismo, todos los matemáticos que intentan calcular el tamaño de la circunferencia de la tierra dicen que son cuarenta miríadas de estadios.

De esos testimonios se desprende necesariamente no sólo que la masa de la tierra es esférica, sino que no es muy grande en relación con el tamaño de los demás astros. (2)

Aristóteles, discípulo de Platón, creía que la India estaba al oeste de las Columnas de Hércules, en dirección a la constelación de la Osa, y que aquella unía sus tierras a Europa y Africa por esas mismas Columnas de Hércules.

Alude a otras fuentes clásicas diciendo que estas prueban sus afirmaciones de que los extremos de la India se tocaban con la región en torno a las Columnas de Hércules, en la constatación de que la especie de los elefantes se encuentraba a ambos lados de aquellas columnas..

Esta afirmación de Aristóteles puede estar relacionada con lo que Platón dijo respecto a la ubicación de la Atlántida en su Diálogo del Timeo:

 En aquella época, se podía atravesar aquel océano (el Atlántico) dado que había una isla delante de la desembocadura que vosotros, así decís, llamáis Columnas de Heracles. (3)

 Y aun con lo que en alusión a las grandes riquezas mineras, forestales, y de variedad de animales de la Atlántida, Platón dijo al respecto:

 En especial, la raza de los elefantes era muy numerosa en ella. (4)

La cosmografía de Aristóteles recogida en su obra De Caelo, aludiendo a la India con un contorno geográfico que se tocaba con la región en torno a las Columnas de Hércules, era una creencia que resultaba compartida por parte del pensamiento clásico de la época según Aristóteles, no siendo entonces descabellado pensar que esa idea estaba en la mente de Platón cuando la proyectó sobre el mito de la Atlántida, combinándola con el eco de ancestrales relatos provenientes de los marinos del Valle del Indo que un día surcaran el Mar Maditerráneo,ecos como el del hundimiento de Lothal en la península de Kathiawaren (5), o “la batalla de los diez reyes” contenida en el Rig Veda, relato que pudo haberse plasmado en la narración que Platón hizo de la guerra sostenida por la confederación de los diez reyes de la Atlántida con la Atenas primitiva (6).

Notas
1. Ejemplar de la edición incunable impreso entre 1477 y 1483, Lovaina, por Johannes de Westfalia, conservado en la Institución Colombina, Sevilla
2. “ De Caelo (De los Cielos), Libro II”, Aristóteles
3. Diálogo del Timeo 24 e, Platón – Biblioteca Básica Gredos
4. Diálogo del Critias 114 e, Platón – Biblioteca Básica Gredos
5. Véase “El tridente del proto Shiva en el Reino del Pez: Simbología shivaítica del tridente y relación con el mito de la Atlántida”, joseangelh.wordpress.com
6. Véase “Analogías indias con Tartessos y la Atlántida: La Batalla de los diez reyes y el mito de la guerra de Atlántida con la Atenas primitiva”, joseangelh.wordpress.com
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Analogías indias con Tartessos y la Atlántida

Estrella tartéssica

En una de las escasas obras que sobre escritura proto india han proliferado entre especialistas occidentales se puede leer el siguiente texto:

Los protoindios, como han revelado las inscripciones, fueron los descubridores de los movimientos del Sol a través del cielo, lo cual fue el fundamento del sistema zodiacal. Su zodíaco tenía solamente ocho constelaciones y cada constelación se suponía que era una “forma de Dios”. Todas esas formas de Dios finalmente vinieron a ser deidades que presidían cada constelación; así sucedió en Roma, por ejemplo. Las ocho indias son: Edu (carnero), Yal (arpa), Nand (cangrejo), amma (madre), Tuk (balanza), Kani (saeta), Kuda (jarro), Min (pez)». El sistema dodecanario del zodíaco sólo aparece en la forma en que actualmente lo conocemos a partir del siglo VI antes de Jesucristo. (1)

La divinidad solar recorre las ocho constelaciones para completar el año estacional, siendo que el paso por cada una de ellas se manifiesta en la personificación de una forma divina. Con la llegada del budismo a la India, que coincide con el siglo VI a.C. al que hace alusión H. Heras, se produce el paso del calendario zodiacal de ocho constelaciones al de doce que ha persistido hasta nuestro tiempo.

 Ãn” como vocablo que abarca la idea de superioridad y de subsistencia por si mismo y que era identificado también con el Sol, “Uyarel ire per kadavul”, “El gran dios que es el alto Sol”. Ésta identificación es primordial para comprender la idiosincrasia de ésta religión, pues el Sol al recorrer las ocho constelaciones/periodos del calendario proto-indio, tomaba en cada mes la personificación en correspondencia. Así, los meses/periodos eran “Edu”, el carnero, y con el que empezaba el año; “Yal”, el arpa; “Nand” (6,4) , el cangrejo; “Amma” (1,12), la madre; “Tûk” (1,3) , la balanza; “Kani” (4,8), la saeta; “Kuda” (19,8), el jarro; y “Mîn” (4,10), el pez. Como consecuencia de su identificación con cada uno de los ocho meses/periodos del año , se daba al dios Ãn el nombre de “El dios de la ocho formas”, “Et kadavul” y así nos relata el texto:, “Adu tali per mÎn orida et kadavul” (4) , “Este, el dios de la ocho formas, el gran pez, al que se le hacen aspersiones (adoraciones)”. (2)

La estrella de ocho puntas en Tartessos y en la tradición religiosa india

Las ocho deidades, o más bien ocho formas de la deidad primigenia, que presiden cada una de las constelaciones shivaíticas según H. Heras, podrían darnos una primera aproximación al simbolismo del número ocho en la primitiva religiosidad india, pero también en la de las gentes que habitaron en el segundo y primer milenio a.C. en el sur de la península ibérica, y que algunos autores han llamado tartéssicos, siendo mas tarde identificados estos con los turdetanos. La estrella de ocho puntas se puede ver en fragmentos de cerámica de la Cueva de la Carigüela de Piñar en la provincia de Granada, o en la Cueva de Jimena de la Frontera en la de Cádiz, entre otros lugares arqueológicos.

Este conocido símbolo turdetano que algunos arqueólogos han denominado estrella tartéssica, se supone compuesto de la superposición de dos cuadrados concéntricos de los que uno de ellos ha sido girado 45 grados, resultado de lo cual surge una estrella de ocho puntas.

Las ocho constelaciones de las gentes del Valle del Indo de las que habló H. Heras (1) , pudo haber tenido una derivación tardía en la estrella de ocho puntas que la tradición religiosa india asocia a la diosa Laksmí, o en la flor de loto de ocho pétalos del budismo.

En la religiosidad india alegoriza la manifestación del mundo físico como creación de la divinidad, siendo que cada pétalo alude a uno de los cinco elementos, tierra, agua, fuego, aire, y éter, y a las potencialidades humanas del intelecto, la mente, y el ego. Esta simbología de la flor de loto de ocho pétalos aparece en una manifestación tardía de la religiosidad india, el hinduismo, donde en sánscrito se la denomina apara-prakriti o naturaleza inferior:

 La Tierra, el agua, el fuego, el viento, / el éter, la mente, la razón, el yo: esta/ Naturaleza mía está escindida en ocho partes. (3)

El principio creador se escinde en ocho partes para manifestarse en la realidad física, que es el mundo perceptible por los sentidos naturales y las capacidades intelectuales humanas. Esta escisión en ocho partes se corresponde con la naturaleza inferior, pero aquel principio creador se asigna a si mismo otra naturaleza superior que es la verdadera mantenedora del mundo:

Es la inferior: pero otra/ Naturaleza superior de Mí conoce, el Ser Viviente, oh el de los Grandes Brazos,/ por el cual este mundo se mantiene. (3)

Hay que tener en cuenta que un mismo arquetipo puede variar su simbolismo de una cultura a otra, e incluso dentro de una misma cultura experimentar evolución en su significado a través del tiempo. En el caso de la simbología india es más evidente la evolución de los significados arquetípicos, dada la gran diversidad de aportaciones culturales y religiosas que esta sufrió a lo largo de su dilatada historia.

Obviamente, tal diversidad debió repercutir en el significado que un mismo arquetipo que conserva su apariencia externa, pudo experimentar en áreas que aunque ligadas por nexos económicos y culturales, se ven sometidas a influencias diferentes por el efecto geografico, caso de la estrella de ocho puntas tartéssica en relación con la estrella de ocho puntas india de Laksmí.

La diosa india Sarasvati y el Bronce Carriazo

La divinidad india Sarasvati se reconoce en su manifestación más primitiva en la diosa Jansá Vahini, de la que se decía que tenía como vehículo un ánsar indio, un ave que habita en el Asia central, pero que en invierno emigra a las regiones húmedas de la India, al lado de cuyas corrientes de agua crece la flor del loto, de ahí la asociación de la diosa Sarasvati o Jansá Vahini con el ánsar y la flor del loto. Quizás aparezca en esta identificación de la diosa india una relación con la iconografía contenida en el Bronce Carriazo atribuido por algunos arqueólogos a la cultura tartéssica del sur de la península ibérica.

Se la suele representar en los márgenes del rio Sárasuati, lo que parece relacionarla con la naturaleza de las divinidades acuáticas, y por ello con un origen más antiguo que el de otras divinidades femeninas indias. Este rio tiene importancia en los textos del Rig Veda, donde es mencionado numerosas veces (4). De hecho, la diosa Sarasvati comenzó siendo una personificación de este río.

La Batalla de los diez reyes y el mito de la guerra de Atlántida con la Atenas primitiva

La “Batalla de los diez reyes” es un hito guerrero relatado en el Rig Veda (5) donde se narra la derrota de una coalición de diez reyes a de diez reyes que intentaban conquistar el reino de Sudás, ubicado en el Punyab, entre los ríos Sarasvati y el Ganges.

El lingüista alemán Karl Friedrich Geldner (1852 – 1929), especialista en sánscrito védico escribió sobre la alusión en estos himnos védicos a la “Batalla de los diez reyes” que estarían “obviamente basados en un hecho histórico” (6).

 Al parecer Sudás y sus hombres lograron cruzar el Parusni con seguridad, mientras que sus enemigos, tratando de alcanzarlos, se ahogaron por una inundación, o fueron asesinados por los hombres del rey Sudás. (7)

La batalla parece enmarcarse en una disputa entre tribus arias durante su avance en el norte de la India, y puede estar fechada entorno a la mitad del segundo milenio a.C.. Este enfrentamiento inter-ario, en el que una coalición de diez tribus se vio enfrentado a la de Sudás, quien pese a todo pronostico resistió victoriosamente el avance de dicha coalición, pudo tener su reflejo mítico en la epopeya que Platón narra en el Timeo cuando habla de la guerra que la Atenas primitiva sostuvo con la coalición de los diez reyes de Atlántida (8).

Las analogías entre la civilización del Valle del Indo, diversos aspectos de la cultura del sur de la península ibérica atribuidos por algunos sectores del mundo de la arqueología a Tartessos, y el relato mítico de Platón sobre la Atlántida, son a mi entender más que evidentes.

Del Valle del Indo se puede decir sin exagerar que fue la cuna de una extraordinaria civilización que alcanzó altas cotas de desarrollo político, cultural, religioso, y tecnológico. Tal vez haya influido en el surgimiento de la civilización occidental en unos niveles que hasta ahora la historia y la arqueología parecen ignorar.

Quizás sea de justicia reconocer que el Mediterráneo no ha sido tan centro del mundo como hipnóticamente nos han hecho creer.

Notas
1. “La escritura Proto-Indica y su desciframiento” – H. Heras S.J., Barcelona 1940
2. Culturas del Valle de Indo: Los estados teocráticos y su manifestaciónes en la escritura proto-índica. (I), tomado a su vez de la obra de Jorge Quintana Vives, “Aportaciones a la interpretación de la escritura proto-índica” de 1946
3. Bhagavad-Gîtâ, Canto VII, 4-5, Edhasa 1988
4. Nadi stuti, Rig Veda 10:75. Los himnos 6:61, 7:95 y 7:96 están enteramente dedicados a este rio.
5. Rig Veda, Mándala 7, himnos 18:33 y 83:4-8
6. Der Rig-Veda aus dem sánscrito ins Deutsche übersetzt (3 vols.), Londres y Wiesbaden, 1951
7. Rig Veda, Mándala 7, himno 18:5
8. Diálogos de Platón, Timeo 25 a-d

El tridente del proto Shiva en el Reino del Pez

Sello de Mohenjo-Daro del Valle del Indo

Cuando los arios invadieron el Valle del Indo hacia 1.500 a.C., se encontraron con unas gentes de avanzada cultura urbana a las que en su idioma indoeuropeo denominaron “matsyas”, “los peces”(1).

En pez se encuentra asociado a otro símbolo netamente shivaítico (2), el tridente, asociación que es perceptible en las imágenes plasmadas en el sello de Mohenjo-Daro:

Sello de Mohenjo-Daro/Nandûr conocido como “El ritual del sacrificio”. Aparece, de izquierda a derecha, el dios supremo Ân sobre un árbol “Pipal” coronado por el moño sacerdotal y su símbolo del tridente; un sacerdote postrado y a continuación el símbolo del dios como “Señor de las ocho partes del año”: “El carnero-pez”. (1)

El pez y el tridente aparecen asociados a otros símbolos de la fecundidad como el árbol Pipal o de la Vida, y en otro sello del Indo aparecen el toro, el falo y el tridente como representaciones arquetípicas de la religiosidad shivaítica.

El hecho de que la divinidad del Valle del Indo aparezca rodeada de distintos animales establece una conexión aquella y el Shiva clásico en su aspecto de Pashupati, o Señor de los animales. Podemos señalar además que el Shiva clásico a los animales que aparecen en el sello de Mohenjo-Daro. En otra impronta de sello sobre terracota aparecida en el Valle del Indo se advierte la imagen de la misma divinidad con tres símbolos, concretamente el toro, el tridente, y el falo, que también son símbolos específicos de Shiva. Por otra parte, el gran número de piedras cónicas o cilíndricas (que representan el linga u órganos masculinos) y anulares (imagen del yoni, u órgano femenino) decubiertas en el Valle del Indo constituye una prueba evidente de que el culto fálico debió de ser un elemento importante de la religión de aquellas gentes. Es verosímil que el culto del falo y del yoni se desarrollase independientemente, pero luego se entremezclaría con los restantes elementos del complejo religioso centrado en torno al dios de Mohenjo-Daro que era representado antropomórficamente. Otro rasgo común al dios del Valle del Indo y a Shiva es su asociación con el culto de la Diosa Madre, el culto de la fecundidad y el culto de la serpiente. (3)

Al definir como religiosidad shivaítica las creencias intrínsecas a los cultos practicados por los pueblos del Valle del Indo antes de la época védica, se puede entender que cuando Jorge Quintana Vives (1) se refiere al dios representado en el sello de Mohenjo-Daro como An, se está refiriendo a una de las formas de Shiva anteriores a la época aria, tal cual podría ser Pashupati-Shiva. Se trata por tanto de un proto Shiva pre ario, anterior por tanto a la religiosidad védica, brahamánica, o hinduista. En los textos más antiguos del Rig Veda, Shiva se presenta bajo la epifanía de Rudra, dios toro de las tormentas, los relámpagos, y el rayo, todo ello alegorizado mediante el mugido del toro.

Simbología shivaítica del tridente y relación con el mito de la Atlántida

El lingam o falo sagrado de Pashupati-Shiva, podía manifestarse mediante la forma del tridente que a esta divinidad se le asociaba ya desde los tiempos shivaíticos, pues el lingam ya aparece en la época aria dividido en tres partes simbolizadas en las manifestaciones divinas de Brahma, Vishnu, y el propio Shiva ario (4). La idea que determinó a los arios a denominar “matsyas” o “los peces”(1) a los indios del Valle del Indo después de la invasión, pudo haber confluido con la de la interacción del tridente con Shiva como epifanía del falo sagrado que se manifestaría en las tres divinidades, para motivar que en la relación de los indios del Valle del Indo con los griegos del Mediterráneo, estos últimos llegasen a relacionar a Pashupati-Shiva con su divinidad Poseidón.

Representación arquetípica de Shiva con el tridente

Esta relación del Pashupati-Shiva indio con el Poseidón heleno, es lo que Platón reflejó en su narración de la Atlántida contenida en sus Diálogos del Timeo y el Critias.

Los indoeuropeos denominaron “matsyas”, “los peces”(1) a los habitantes del Valle del Indo, pero estas gentes ya llamaban en su propia lengua Minad a su tierra, o lo que es lo mismo, “el reino del pez”, antes de la invasión aria.

El país a orillas del Indo era denominado con el nombre de “Mînâd” (4,13), – “nâd” que significa “reino” y “mîn” que significa “pez” – , y sus habitantes como los “mînair” (4,11), en plural o “mînan” (5,3), en singular – “Mînair”que se compone de símbolos “mîn” y “an”. Éste último como determinativo de personalidad o lo que es lo mismo: “Los de el pez”, junto con “ir” como plural – y cuyo “totem” parece ser que fue el unicornio (1)

Por otro lado, Lothal se encontraba en una península del sur del Valle del Indo llamada Kathiawaren o Saurashtra en la que penetraba profusamente el mar por el norte y el sur-sureste, y que en el transcurrir de los siglos se vio sometida a grandes inundaciones por la acción de las lluvias, el desbordamiento de los ríos, la acción del mar que profusamente la penetraba, y los terremotos que periódicamente la azotaban según constatación de la impronta geológica. Al norte de la península están los montes Aravalli, que podían proteger Lothal de los vientos del norte, pero no dejaban de exponerla a los vientos del sur. (5)

Panorámica vía satélite de la península de Kathiawaren al sur del Valle del Indo, lugar de ubicación de Lothal

La comparación con la narración descriptiva que de la Atlántida hace Platón en su Diálogo del Critias es inevitable.

El aspecto fenotípico de la población del Valle del Indo antes de la invasión aria

La población del Valle del Indo antes de la invasión aria correspondiente a las culturas de Mohenjo Daro y Harappa, era dravídica según se desprende del material antropológico, histórico, y antropológico disponible, y pertenecía por tanto a un grupo lingüístico que en el presente se restringe al sur de la India, noreste de Ceilán, y una región del norte del Valle del Indo. El antropólogo y lingüista David McAlpin establece un nexo entre las poblaciones dravídicas y los elamitas del suroeste de Persia.

Podemos entonces quizás hablar de un nexo cultural entre el Valle del Indo, Elam, y las colonias-factorías de Tartessos (6). Los dravídicos eran de tez más morena que los conquistadores arios que hacia la segunda mitad del segundo milenio a.C. conquistaron el Valle del Indo y en los siglos posteriores el resto de la India. Cuando se descubrió Lothal en 1953 se desenterró un sistema de alcantarillado en esta localidad que ha sido calificado como perfecto por los arqueólogos, lo que es signo del inmenso grado de desarrollo tecnológico alcanzado por esta urbe del Valle del Indo. También se desenterró un cementerio cuyos esqueletos parece ser que denotan que en esa región se daba una importante variedad de grupos fenotípicos.

Según parece, se identificaron dos grupos con características dolicocéfalas y un tercer grupo braquicéfalo, con signos de tener la cabeza aplastada por detrás. Resulta interesante saber que hasta el presente no se ha podido identificar con certeza a que grupo fenotípico podría pertenecer el sustrato poblacional de Elam, aunque la mayoría de los antropólogos que han trabajado en esta zona del suroeste de Persia, como G. Contenau y Lenormant),  han inferido que la población de esta región podría haber pertenecido a grupos fenotípicos que ellos han identificado como negros o negroides.

Quizás hablan más propiamente de drávidicos, razón por la que se podría seguir una línea de continuidad fenotípica y cultural que abarcaría el sur del Valle del Indo, Elam en el suroeste de Persia, y las colonias-factorías de Tartessos entre la Huelva actual y el Rif norteafricano.

En este sentido, se podría pensar que cuando Estrabón (63 a.C – 22 d.C. aproximadamente), geógrafo e historiador griego, escribió lo siguiente cerca de los turdetanos:

Estos son los tenidos por más cultos de entre los íberos, puesto que no solo utilizan escritura, sino que de sus antiguos recuerdos tienen también crónicas históricas, poemas y leyes versificados de seis mil años, según dicen. (7)

Los propios turdetanos, que se sentían herederos de una cultura muy antigua y diferente a la que existía en otras áreas de la península ibérica, se decían poseedores de crónicas históricas, poemas y leyes en verso, contenidas en tradiciones orales que remontaban a un período muy remoto. En mi caso no me pasa desapercibido como mero observador la posibilidad de que esta alusión de Estrabón a los turdetanos no sea sino el reflejo de una memoria cultural identitaria que se pierde en la noche de los tiempos, y que podría tener su razón de ser en el recuerdo de los textos védicos elaborados en el país de sus remotos antepasados, Minad, el Reino del Pez..(1)

Notas
(1)   Culturas del Valle de Indo: Los estados teocráticos y su manifestaciónes en la escritura proto-índica. (I), tomado a su vez de la obra de Jorge Quintana Vives, “Aportaciones a la interpretación de la escritura proto-índica” de 1946
(2)   Entendiendo por shivaítico los cultos religiosos profesados por las gentes del Valle del Indo antes de la época védica
(3)   Fuente: E. J. Brill, Leiden, Holanda – Título original: Historia Religionum. Handbook for the History of Religions. II Religions of the Present, 1971
(4)   Brahma, Vishnu, ShivaShiva Purana 1.21.22
(5)   Para comparación con la descripción que hace Platón de la Atlántida véase Critias 118 b
(6) El origen indio de Tartessos según la hipótesis del pavo real
(7)  Estrabón, “Geografía, Libro III 1,6” – Biblioteca Básica Gredos

El sacrificio del toro en la cultura del Valle del Indo y la Atlántida de Platón

Pashupati-Shiva representado con diez brazos sobre el toro Nandi antes de su sacrificio

Los sellos del Indo conocidos en la cultura del Valle del mismo nombre tenían una particularidad a la que hasta ahora, y en base al material arqueologico disponible en la actualidad, no se le ha sabido dar una razón consensuada entre los especialistas. En estos sellos se representan imágenes de animales reales o mitológicos, como cebúes, elefantes, toros, o unicornios, pero no suelen aparecer otros muy comunes en la región como los pavos reales, los monos, o las cobras, entre otros. La peculiaridad que parece distinguir al grupo de los representados en imágenes de los sellos de los que no lo están, salvo quizás alguna excepción, es la de ser seres astados. Incluso los animales mitologicos aparecen astados aunque sea con un solo cuerno, como los unicornios.

Sellos del Indo con diversas representaciones de astados

El cuerno pudiera ser un signo de fertilidad, según mi parecer, asociado a la idea de lo que en la tierra la hiere para provocar en ella causes por los que las aguas de los rios, fuentes de vida, pudieran circular..

El toro Nandi, emblema de la fertilidad ya en el shivaismo pre ario, es la montura de Pashupati-Shiva cuando al domarlo reprime su lujuria sexual y otorga al toro sagrado la utilidad para la que los dioses lo han concebido. Tenía dos cuernos con los que había labrado los surcos por los que discurrirían los ríos sagrados del Indo y el Ganges. Shiva sacrifica al toro sagrado para verter su sangre sobre la tierra. Con el líquido rojo de vida se riega la tierra como epifanía de la voluntad de la divinidad que se manifiesta en el semen del toro que fecunda a la Diosa Madre para que cíclicamente acontezca el renacer en estado de fertilidad de la dadivosa tierra, pero también el de la fecundidad de las criaturas que la pueblan.

Desde el Neolítico del Valle del Indo se conoce un culto sacrifical de naturaleza fálica denominado culto al lingam (falo de Pashupati-Shiva). Consistía en una piedra o poste en forma de columna sobre la que se colocaba y ataba al animal a sacrificar. La columna representaba el falo erecto de Pashupati-Shiva (1). Pashupati-Shiva simboliza el principio fecundador de la naturaleza que utiliza para su manifestación como tal el sacrificio del toro y el vertimiento sobre la tierra de un aparte de su sangre. Unas partes del animal y de su sangre son luego sacrificadas al agni, el fuego del sacrificio.

Podemos hacer una comparación entre el sacrificio del toro en el culto lingam y el sacrificio de este animal según la historia de Atlántida que Platón nos relata en el Critias:

Rogaban a Poseidón que tomara la ofrenda sacrifical que le agradara de entre los toros sueltos en su templo y ellos, que eran solo diez, lo cazaban sin hierro, con maderas y redes. Al que atrapaban lo conducían hacia la columna y lo degollaban encima de ella, haciendo votos por las leyes escritas. En la columna, junto a las leyes, había un juramento que proclamaba grandes maldiciones para los que las desobedecieran. Tras hacer el sacrificio según sus leyes y ofrecer todos los miembros del toro, llenaban una crátera y vertían en ella un coágulo de sangre por cada uno. El resto lo arrojaban al fuego una vez que habían limpiado la columna. (2)

En el culto lingam, el toro sacrificado era partido en tres partes:

Linga como el cuerpo del devoto, se divide en tres partes. La parte inferior (en el cuerpo por debajo del ombligo) es cuadrada, oculta en el pedestal. Representa a Brahma, el constructor, el poder de la gravitación que forma los mundos . La parte central (en el cuerpo, del ombligo hasta la axila) es octogonal y representa a Vishnu, la fuerza centrípeda de concentración que da nacimiento a la materia. La parte superior (hombros y cabeza) es cilíndrica y representa a Shiva, la fuerza centrígufa de expansión, de la cual surgen la forma y la materia. El linga está abrazado por el yoni, el receptáculo “La madre universal es su altar”- Shiva Purana 1.21.22. (3)

Como se puede observar en el texto platónico, el toro era atrapado con maderas y redes, sin hierro; obviamente para no dañarlo vertiendo su sangre antes de ser llevado a la columna erecta que simbolizaba el falo de Pashupati-Shiva que habría de fecundarlo. El sacrificio del toro atado a la columna tras el cual resultaba vertida la sangre de la bestia, constituía entonces una alegoría de la acción fecundadora de Pashupati-Shiva sobre la tierra y todas las criaturas de la creación. El sacrificio del toro descrito por Platón en el Critias y el sacrificio de este mismo animal durante el culto shivaítico lingam, no son más que manifestaciones simbólicas de un mismo acto, el que tiene lugar cuando renace cíclicamente la vida por efecto de la voluntad de la divinidad. Los restos del toro eran posteriormente sacrificados a Agni, el fuego del sacrificio.

En el antiquísimo Rig Veda, este acto de renacimiento de la vida a través de la sangre que se vierte tras el sacrificio del toro, es representado mediante el semen del dios Rudra.

En otro de los párrafos del texto de Platón sobre el sacrificio del toro en la Atlántida, el filosofo griego escribió:

Rogaban a Poseidón que tomara la ofrenda sacrifical que le agradara de entre los toros sueltos en su templo y ellos, que eran solo diez, lo cazaban sin hierro, con maderas y redes. (2)

¿Eran solo diez “ellos” dijo Platón?. Una de las representaciones de Pashupati-Shiva, precisamente en la que aparece montado sobre el toro Nandi antes de ser llevado a la columna sagrada para su sacrificio, es la que lo visualiza poseyendo diez brazos..tal como se puede apreciar en la imagen que encabeza este artículo..

Pashupati-Shiva debe de atrapar al toro con sus diez brazos antes de poder montarlo para llevarlo a la columna sagrada y disponerlo así para el sacrificio de fertilidad y regeneración de la vida.

Notas
(1) Mito recogido en un himno del Átharva Vedá (I milenio a. C.)
(2) Diálogos de Platón, Critias 119 e – 120 a, Biblioteca Básica Gredos
(3) Fuente: Lingam y tantra: mitología, historia y formas de culto al falo.

La Atlántida de Platón, anatomía de un fraude cronológico

La ausencia absoluta siquiera indiciaria de prueba arqueológica alguna que avale la teoría de la veracidad histórica del relato platónico sobre la Atlántida, ha llevado en la última década a los investigadores que sostienen esta teoría a fundamentarla en la creencia ciega de que la crónica Atlántida constituye la plasmación de acontecimientos históricos reales. El lapso temporal atribuido literalmente por Platón a su metahistoria oceánica es el principal campo de batalla de los intentos por parte de los defensores de la historicidad de la misma de revestirla de un enfoque  racional para historiadores y arqueólogos.

Es en este contexto donde entra en juego le expresión “nueve mil años” aplicada por el filosofo griego al lapso temporal transcurrido desde la fundación de Atlántida hasta su hundimiento en el mar poco después de su guerra con la Atenas primitiva. Según los atlantológos, la expresión “nueve mil años” debe ser considerada a partir de la premisa de que en realidad los egipcios “contaban los meses como años”, afirmación que le ha sido atribuida al matemático y astrónomo griego Eudoxo (c. 390 a.C. – c. 337 a.C.), y que vendría a avalar en boca de los atlantológos que la historia de la Atlántida habría acontecido en realidad dentro de un lapso temporal aceptable para historiadores y arqueólogos. Es a partir de este punto donde comenzaremos entonces a tirar de la cadena para que esta nos lleve al origen donde se encuentra el fundamento que sostiene tal afirmación.

La idea de que los egipcios utilizaban en su cronología un método de contabilizar su historia basada en la datación de la misma en miles de años que en realidad equivalían a meses lunares o lunaciones, atribuida en origen a Eudoxo de Cnidos, es presentada desde hace una década por los atlantólogos como un descubrimiento paleográfico extraordinario que aplicado a la cronología Atlántida metería a esta en parámetros racionales al rebajar sustancialmente el tiempo histórico en que se desarrolló según se cuenta en los Diálogos de Platón. Lo primero que habría que destacar al respecto de esta teoría, es que la supuesta genialidad del reciente descubrimiento de la alusión de Eudoxo a que los egipcios contaban sus meses como años no es tan reciente..

De hecho constituye en realidad el remanente de una antigua teoría ya enterrada y olvidada, que tuvo credibilidad entre el mundo académico entre el Renacimiento y el comienzo del siglo XX. Fue rescatada del olvido de la historia para el gran público por un periodista, investigador, y editor estadounidense a comienzos de este milenio, y presentada como un genial descubrimiento paleográfico que venía a otorgar definitivamente a la Atlántida el aval de ser una de las civilizaciones históricas y desaparecidas de la humanidad.

Lo que sigue es el análisis de los hechos que destapan el fraude de atribuir veracidad histórica a la afirmación de que los egipcios de tiempos faraónicos contaban su cronología en miles de años que equivalían a meses lunares o lunaciones.

Descubriendo a Eudoxo de Cnidos

Frank Joseph (*), escribió en un libro que sobre la Atántida publicó en 2002, “La destrucción de la Atlántida”, aerca de la teoría de que los egipcios podían haber contado sus años considerándolos como meses. Como autores de la Antigüedad en los que se basa para exponer dicha teoría cita a Eudoxo, Plutarco, Herodoto, Manetón, y Diódoro Sículo

El siguiente texto extraído de su libro se puede consultar en las páginas 200-201 de este enlace

Es posible que menos, si los sacerdotes egipcios utilizaron diferentes sistemas numéricos, como esotéricos o mágicos, así como otros métodos de calendario en su traducción, haciendo más arriesgada la tarea de calcular y recalcular apropiadamente el manuscrito original. Por lo tanto, cada vez que se refería a los valores numéricos, el trabajo de la traducción de la historia de la Atlántida estuvo lleno de un potencial error.

Los griegos, como nosotros mismos, utilizaron un calendario solar para computar la longitud de un año. Hace tan solo unos años, en 1952, el rey Faisal y su casa real utilizaban un calendario lunar como lo hicieron los faraones hace miles de años. Más cerca del período en cuestión, Eudoxo de Cnidos, uno de los primeros pioneros en la astronomía, que estudió en Egipto, descubrió la forma en que sus maestros, todos sacerdotes de varios templos, empleaban un calendario lunar. Plutarco, el historiador griego del siglo II a.C. escribió en Vidas, “al principio, el año egipcio, dicen, tenía solo un mes. Tienen el crédito de haber sido una de las naciones más antiguas e incluir en sus genealogías un prodigioso número de años que contenían meses, esto es, como años”. Herodoto, Manetón y Diódoro Sículo escribieron que lo que los egipcios querían decir era “mes/lunación” cuando hablaban de “años”.

Bailey escribe, “un antiguo uso semítico de la palabra año fue mes cuando la luna había sido el cuidador del hombre prehistórico y su año no significaba un ciclo solar, sino uno lunar.

(*) Periodista e investigador, editor principal de la revista Ancient American.

La teoría de Frank Joseph respecto a la cita de Eudoxo la cual avalaría que los antiguos egipcios contasen sus lunaciones o meses lunares como años ha servido de argumento en la última década a los atlantólogos para apoyar sus tesis historicistas respecto a la Atlántida. Pero lo que hizo este editor estadounidense no fue elaborar una nueva teoría en base a datos paleográficos recientemente descubiertos, sino sacarse del pozo de la historia una antigua teoría absolutamente sobrepasada por la egiptología moderna.

La rescató del siglo XIX y la hizo pasar ante el gran público por una nueva y esclarecedora hipótesis que aportaría luz histórica sobre la razón de que Platón emplease la fórmula “nueve mil años” en la narración de la cronología de su metahistoria oceánica.

Pero lo cierto es que ya un siglo antes de que Frank Joseph enunciara su teoría que tenía como centro al matemático griego Eudoxo de Cnidos, un historiador alemán llamado Eduard Meyer (1855 – 1930), había descubierto en 1904 que método de datación cronológica utilizaban los egipcios del tiempo de los faraones. Combinando cálculos astronómicos con el estudio de antiguos textos y datos arqueológicos, sentó las bases de una cronología del Antiguo Egipto basada en los años de reinado de los faraones. Los antiguos egipcios no fechaban pues los acontecimientos históricos fijándolos en una cronología general y por lo tanto fija, sino que lo hacían tomando como referencia los años de reinado de cada faraón.

El paprio Lahun, por ejemplo, da una fecha dentro del reinado del faraón Sesostris III (c. 1872 – c. 1853), de la Dinastía XII. Mil trescientos años de Solón era ya evidente que los egipcios fechaban los acontecimientos históricos aplicando el método de “año de reinado del faraón”. Eduard Meyer descubrió que los egipcios aplicaban este método de datación en 1904, hecho que obviamente los autores anteriores a este descubrimiento desconocían, pero que no puede ser ignorado por los atlantológos que en la actualidad justifican la historicidad de la Atlántida de Platón en la teoría eudoxiana de que “los egipcios contaban sus meses lunares o lunaciones como años”..

Pero la teoría rescatada por Frank Joseph del siglo XIX y disfrazada de novedad en el XX, ni tan siquiera es original de ese siglo.

La realidad es demoledora..

Lo cierto es que ya era conocida y esbozada en el siglo XVI, en plena efervescencia del renacimiento. Lo cuenta el que fue profesor de la Universidad de Osuna, catedrático, y rector de la Universidad de México Francisco Cervantes de Salazar (Toledo, c. 1514 – México, 1575), que entre 1557 y 1564 escribió una historia de la conquista de América a instancias del rey Felipe II llamada “Crónica de la Nueva España”, donde en el “LIBRO I. ARGUMENTO Y SUMARIO DEL PRIMERO LIBRO DE ESTA CRONICA”, escribió en el “CAPITULO II. LA NOTICIA CONFUSA QUE EL DIVINO PLATON TUVO DE ESTE NUEVO MUNDO”, el siguiente texto:

Hasta aquí habla Platón, aunque poco más abajo dice “que nueve mil años antes que aquello se escribiese, sucedió tan grande pujanza de aguas en aquel paraje que en un día y una noche anegó toda la isla, hundiendo la tierra y gentes, y que después aquel mar quedó con tantas ciénagas y bajíos, que nunca más por ella habían podido navegar ni pasar a las otras islas ni a la tierra firme de que arriba se hace mención”.

Esta historia dicen todos los que escriben sobre Platón que fue escrita y verdadera, de tal manera, que los más de ellos, especialmente Marsilio Ficino y Platina, no quieren admitir que tenga sentido alegórico, aunque algunos se lo dan, como lo refiere el mismo Marsilio en las Annotaciones sobre el Thimeo, y no es argumento para ser fabuloso lo que allí se dice de los nueve mil años; porque, según Pudoxio, aquellos años se entendían, según la cuenta de los egipcios, lunares y no solares, por manera que eran nueve mil meses, que son siete cientos y cincuenta años.

La cita se puede encontrar en la página 25 de este enlace

El error de la consideración de los meses contados como años

En la referencia de Francisco Cervantes de Salazar a la teoría de Eudoxo se puede apreciar un error interpretativo de bulto.

Volvamos a leer el último párrafo del texto extraído arriba y observemos como dice:

“porque, según Pudoxio, aquellos años se entendían, según la cuenta de los egipcios, lunares y no solares, por manera que eran nueve mil meses, que son siete cientos y cincuenta años.”

Años lunares y no solares refiere Cervantes de Salazar. A partir de esta premisa, el catedrático español infiere que de la alusión de Pudoxio (Eudoxo de Cnidos) a años lunares se deduce que estos equivaldrían a lunaciones. Según el diccionario de astronomía la definición de este acontecimiento sería como sigue:

La lunación, también llamada mes sinódico, es el período que transcurre entre dos idénticas fases de la Luna, por ejemplo dos Lunas llenas.

Equivale a veintinueve días, doce horas, cuarenta y cuatro minutos y tres segundos o, más simplemente, aproximadamente 29,5 días.

La mayor parte de los calendarios de la antiguadad se basaron en la lunación para medir el tiempo. La lunación es, pues, el origen de los meses.

Pero lo cierto es que el año lunar que utilizaban algunos pueblos del Creciente Fértil en el segundo y primer milenio a.C. en modo alguno significaba que esos años lunares eran equivalentes a meses lunares o lunaciones. Un año lunar es aquel que como referencia astronómica para su ciclo de rotación toma el período de tiempo que tarda la Luna en girar alrededor de la Tierra, esto es, 354 días aproximadamente.

Veamos como como a comienzos de este milenio el mismo Frank Joseph se hace eco de este error interpretativo de Francisco Fernández de Salazar y lo hace suyo, revistiéndolo de verdad científica:

Bailey escribe, “un antiguo uso semítico de la palabra año fue mes cuando la luna había sido el cuidador del hombre prehistórico y su año no significaba un ciclo solar, sino uno lunar. (ver más arriba en enlace a la obra de Frank Joseph)

Al hacer esta cita para justificar su teoría enunciada en el siglo XVI por Fernández de Salazar, el editor estadounidense está sacando de contexto una afirmación científica que habla de prehistoria, y que además ni siquiera lo hace de la de Egipto, sino de la de las tribus nómadas semíticas que habitaban al este de la península del Sinaí. En la prehistoria, cuando había una organización tribal nómada, y no se conocía la agricultura ni el pastoreo, actividades ambas que implicaron el establecimiento de ciclos estacionales condicionados por el Sol y la Luna, las tribus podían limitarse a medir el tiempo por lunaciones, ya que no necesitaban conocer de ciclos agrícolas ni del ciclo de reverdecer de los pastos de los cuales se nutrían sus rebaños.

Diodoro Sículo y el mes o los cuatro meses equivalentes a un año

Si seguimos tirando de la cadena, podemos remontarnos a un debate que se generó ya en la época clásica, cuando era habitual que algunos autores de este período debatían acerca de la inverosimilitud en lo que respectaba a los enormes lapsos temporales que los egipcios otorgaban..¡a sus dioses!.

SAGRADA BIBLIA

En latín y español

Con notas Literales, críticas e históricas, Sacadas del Comentario de d. Agustín Calmet, Abad de Senopes, del Abad Vence y de los más célebres autores, para facilitar la inteligencia de la Santa Escritura. Primera edición mexicana Enteramente conforme a la cuarta y última francesa del año de 1820.

XIV. Antigüedades de los Egipcios: su historia

La relación de los antiguos nombre de Egipto con lo que de el dicen los libros sagrados, muestra admirablemente la verdad de estos mismos libros, y refuta los delirios de los Egipcios; porque se sabe sin poderlo dudar, que desde Cam hasta Alejandro el Grande, no puede haber con mucha diferencia un tiempo tan largo, como quieren Maneton y la crónica egipcia.

Cuando hubiere un fundamento que nos obligara a admitir el número de años y de dinástias referidas en aquella crónica, todavía habría respuestas que dar a la excesiva antigüedad que pretenden los Egipcios. Primeramente sostiene algunos que los antiguos años de los Egipcios no eran tan largos como los nuestros. Pelafato (1) dice que al principio contaban ellos los gobiernos de sus reyes por días solamente, después de la muerte de Vulcano, Hélios su hijo reinó cuatro mil setenta y siete días, que hacen dos años comunes, tres meses y algunos días. ¿Quién nos asegurará que los autores egipcios de los tiempos posteriores para ponderar el número de los años de sus príncipes, y para sostener a expensas de la verdad su antigüedad pretendida, no han puesto años e lugar de días?.

Diodoro de Sicilia (Diodoro Sículo) dice que los Egipcios nos cuentan fábulas cuando aseguran que los primeros de sus dioses reinaron cada uno en Egipto o a lo menos mil doscientos años y los menos antiguos trescientos años por lo menos; de modo que desde el reino de Hélios o del sol, hasta el paso de Alejandro el Grande a el Asia, cuentan veinte y dos mil años. Añade pues que excediendo este número toda creencia, algunas personas sostienen para excusar a los Egipcios que antes de fijar el año en doce meses según el curso del sol, le daban un solo mes conformándose con el curso de la luna, así los mil doscientos años del reinado de cada dios se reducirían a mil doscientos meses, o cien años. Dicen también que habiendo posteriormente los Egipcios dado a sus años cuatro meses, dijeron que sus reyes habían reinado cada uno trescientos años, que hacen mil doscientos meses o cien años. Así quedaría reducida a una duración menos distante de la razón la excesiva antigüedad de las dinastías egipcias. Censorino (3) piensa que el antiguo año egipcio era de dos meses, que el rey Pison lo estableció de cuatro, y que luego lo fijó en doce.

Pero es muy dudoso que los años egipcios hayan sido tan imperfectos; en otra parte hablaremos de esto. No insistiremos pues en el argumento que se pretende sacar de aquí.

El texto se puede visualizar en las páginas 143 y 144 de este enlace

El siguiente párrafo extraído del texto mencionado es significativo respecto a las razones del debate gestado en torno a los inmensos lapsos de tiempo atribuidos por los egipcios a sus dioses. Se trata de buscar en ello una lógica que no tiene.

Añade pues (Diodoro Sículo, siglo I a.C.) que excediendo este número toda creencia, algunas personas sostienen para excusar a los Egipcios que antes de fijar el año en doce meses según el curso del sol, le daban un solo mes conformándose con el curso de la luna, así los mil doscientos años del reinado de cada dios se reducirían a mil doscientos meses, o cien años. Dicen también que habiendo posteriormente los Egipcios dado a sus años cuatro meses, dijeron que sus reyes habían reinado cada uno trescientos años, que hacen mil doscientos meses o cien años. Así quedaría reducida a una duración menos distante de la razón la excesiva antigüedad de las dinastías egipcias.

Podemos observar como una de las teorías alternativas de los atlantológos, la de los cuatro meses equivalentes a un año, está sacada también de la obra atribuida a Diodoro Sículo, aunque incluso en este caso se tergiversa lo que dice literalmente este autor clásico con la finalidad de reducir lo más posible la equivalencia en años de la expresión platónica referente a la cronología Atlántida de “nueve mil años”. Sículo nos dice cuando habla de la cronología atribuida a los dioses egipcios que se especulaba con que cada año del calendario de estos era igual a cuatro meses, pero los atlantológos hacen la operación matemática inversa a la que hace Diodoro. Este multiplica los trescientos años por cuatro meses, y luego lo divide entre los doce meses que tiene un año, dándole como resultado cien años.

La picaresca de los charlatanes de la atlantología, aun acogiéndose a esta teoría alternativa de los cuatro meses por año, es como sigue: toman los nueve mil años de Paltón, y en vez de multiplicarlos por cuatro meses y luego dividir el resultado por doce meses, lo que daría un resultado en meses solares de tres mil años, lo que hacen es dividir esos nueve mil años por cuatro meses, lo que da un resultado de..¡dos mil doscientos cincuenta  años!.

Todo ello sin tener en cuenta que el propio Diodoro Sículo lo que hace con estas teorías del mes o de los cuatro meses tomados como años es precisamente echarlas por los suelos. La mitología no tiene una base racional, forma parte del pensamiento religioso del ser humano, y como tal debe ser comprendido.

La dimensión mítica de los nueve mil años de Platón

¿Tiene algún sentido buscarle racionalidad a los nueve mil años de reinado de Ptah, según Manetón?.

El debate de los meses contados como años estuvo siempre en el pasado dirigido a especular con la lógica de los autores clásicos y helenísticos, que siempre se referían con ello a la dimensión mítica, no a la histórica. Si los 9.000 años de reinado de Ptah los transformamos en meses lunares y nos da por ello 727 años con nueve meses solares (según Manetón)..¿habríamos por ello encontrado de tal modo la lógica buscada?..

Desde comienzos del siglo XX se conoce como los antiguos egipcios fijaban sus acontecimientos históricos, situándolos en el año de un determinado faraón. La teoría de que los egipcios contaban sus meses como años es claramente errónea, viene de tiempos pretéritos, y está totalmente desmentida y sobrepasada por el conocimiento del que hoy en día disponemos en materia de egiptología. Las especulaciones de algunos autores clásicos y helenísticos respecto a que los egipcios podían contar sus lunaciones como años solo tenían contextualización dentro de la esfera mitológica, y dentro también de la psicología que embargaba a esos autores, a través de la cual consideraban que los milenios atribuidos a las divinidades debían tener, siempre desde su condicionada visión del mundo, una lógica racional.

Evidentemente, para una persona del siglo XXI los miles de años que los egipcios atribuían a sus dioses formaban parte de su psicología religiosa, y no hay que intentar buscarle lógica cronológica alguna. Sin embargo, los atlantológos utilizan el debate de aquellos autores de hace mas de dos mil años en torno al tiempo de los dioses del Nilo para buscarle racionalidad a los nueve mil años de la Atlántida de Platón.

Cuando ello dicen que los egipcios contaban sus meses como años, y que por ello aquellos nueve mil años del filosofo griego deben ser entendido como lunaciones, es entonces evidente que en su mente, el mito se reviste de realidad..la fábula de historia..

Pero lo cierto y constatado por la documentación histórica y arqueológica es que los egipcios nunca contaban su historia aludiendo de manera ambigua a lapsos temporales de miles de años, esto lo dejaban para su mitología. El único contexto en el que esto era posible se enmarcaba en el de los lapsos temporales referidos a los relatos mitológicos, es por ello pues que los “meses contados como años” solo podían tener viabilidad práctica en el contexto mítico. Las cronologías históricas egipcias, donde los acontecimientos eran fechados fijándolos en los años de reinado de cada faraón, no dejaban margen para que en ellas se aplicase el principio de “meses contados como años”.

La alusión de ciertos autores de la antigüedad clásica y helenística respecto de que los egipcios de tiempos faraónicos contaban meses como años, no tiene pues base en el calendario egipcio. Es una especulación de estos autores constatada, según su percepción, a partir de los tiempos contados en miles de años que los egipcios atribuían a sus dioses.

Si los egipcios decían que sus dioses y héroes habían reinado 24.925 años, había autores clásicos y helenísticos que consideraban que como estos debieran haber tenido existencia real, los egipcios tendrían que haber contado entonces sus años por años lunares, años lunares que estos autores entendían como lunaciones, esto es, meses lunares, y no como ciclos de doce lunaciones o años lunares. Todo no más que un enorme despropósito.

Al respecto, Manetón (finales del siglo IV – mediados del siglo III a.C.) escribió:

El tiempo máximo es de 11.000 años, pero de años lunares, esto es, de meses. Más el reinado, a decir verdad, a que se refieren los egipcios, de los dioses, de los héroes y de los espíritus de los muertos alcanza un total de 24.900 años lunares, que equivalen a 2.206 años solares. (Manetón – “La historia de Egipto”, Libro I, del capítulo “Desde el origen del mundo hasta el primer rey humano”)

Es un ejemplo de autor que cita la creencia de que los egipcios de tiempos faraónicos contaban sus meses como años, creencia que proviene de la premisa racional, desde el punto de vista del autor, de que los egipcios debían tener una lógica histórica para otorgar esos miles de años a sus cronologías divinas.

Los textos en los que estos autores conciben las cronologías divinas como históricamente reales, constituyen la premisa mental que determina la constatación especulativa de considerar “meses contados como años” atribuidos por estos autores a las cronologías egipcias.

Es significativo que los autores clásicos y helenísticos están entonces considerando que los egipcios aplicaban esos milenarios lapsos temporales a sus dioses..

¿Consideraban entonces los autores clásicos y helenísticos que identificaban los “nueve mil años” como meses contados como años, que la historia de la Atlántida de Platón era un relato asociado al tiempo de los dioses?..

Los nueve mil años como alegoría del tiempo de la ausencia en la obra de Platón

El descubrimiento del papiro Carlsberg 9, fechado en 144 d.C., permitió conocer a los egiptólogos que los sacerdotes egipcios seguían un ciclo de lunaciones que les permitía situar las festividades en el calendario civil. Constaba este de 309 lunaciones que rotaban en un ciclo equivalente a  25 años solares, método cíclico usado desde fuentes muy antiguas que contabilizado en días suponían 9.125.

Los meses lunares constaban unos de 29 días y otros de 30.

– 25 años solares x 365 días = 9.125 días

– 309 lunaciones x 29,53 días = 9.125 días

Pero si pasamos los 25 años a meses solares, descontando los 5 días epagómenos que fueron añadidos posteriormente para equilibrar el desfase con el ciclo astronómico solar, tendremos 300 meses de 30 días cada uno, lo que nos daría un total de 9.000 días..

En el lenguaje alegórico, los nueve mil días aludían a un tiempo místico de sumergimiento en el olvido y ausencia del ser amado. Se correspondía con la simbología del año concebido antes del nacimiento de Osiris, los trescientos meses transforman sus días en años, que suman entonces 9000, con la intención de señalar a un tiempo que se ha perdido en la memoria, un tiempo con ausencia de conocimiento, un tiempo en ausencia de amor..

Plutarco (c. 48 – c. 120) relata la versión en griego más conocida de este relato mitológico que narra el cuento de amor entre Isis y Osiris, fábula que por otra parte ya aparecía testificada en escritos muy antiguos plasmados en los Textos de las Pirámides.

XI (Ultimo párrafo)

Por tanto, si tomas y aceptas lo que se dice de los dioses proveniente de la interpretación que de ellos hacen quienes saben ver lo reverente y lo filosófico, sidas cumplimiento a las ordenanzas sacerdotales cumpliendo todos los ritos, y con la creencia cierta de que nada podría ser de más agrado a los dioses que cumplir sus ritos desde el conocimiento verdadero, podrás evitar un mal que es incluso peor que el ateísmo: la superstición.

XII

Te relataré ahora el mito prescindiendo, con el mayor de los cuidados, de cuanto hay en él de superfluo e inútil, a fin de que sea lo más breve posible. Según se cuenta, Rhea tuvo cierta unión secreta con Cronos, y el Sol, teniendo conocimiento de su entendimiento, alzó una invectiva contra ella diciendo: No darás a luz durante el mes ni durante el año (1).

No obstante, estaba Hermes enamorado de ella, y había tenido relación, por lo que se dirigió a la Luna, y jugó con ella a los dados. Mediante el juego, le arrebató la septuagésima parte de cada día de su aparición. A base de jugar, consiguió reunir cinco días, los cuales los añadió a los trescientos sesenta (2). A estos cinco días, los egipcios los llaman Epagómenos, que significa adicionales, y durante estos días celebran el nacimiento de los dioses (3). En decir del pueblo egipcio, el primer día nació Osiris (4) y, mientras nacía, oyóse una voz que decía: El Señor de todo cuanto hay, nace en la luz. En aquel tiempo había en Tebas cierto Pamylés que se hallaba extrayendo agua de un pozo, cuando oyó una voz que le pedía que gritase con todas sus fuerzas: El gran rey y benefactor Osiris acaba de nacer. (Texto extraído del “Tratado de Isis y Osiris” de Plutarco, XI (último párrafo) y XII)

La historia mitológica de Isis y Osiris sienta las bases para conocer la primitiva concepción del calendario egipcio.

Este era de 12 meses de treinta días, por lo que el año egipcio tenía 360 días. Pero aplicando este calendario, los egipcios se terminaron percatando de que cada año se producía un desfase de 5 días respecto del año estacional. Por ello idearon una explicación mitológica que justificase desde un punto de vista religioso el que al año establecido por los dioses de 360 días se le añadiesen otros 5 días más, a los que llamaron epagómenos, que según Plutarco significa adicionales.

Itemu (Atum) descubrió que Nut, diosa del cielo y los astros, y Geb, dios de la tierra (Rea y Cronos en la versión de Plutarco), estaban teniendo una relación amorosa de una pasión tal que provocó que el mundo se quedase sin aire. Itemu ordenó entonces a su hijo Shu, dios del aire, que separase a los amantes, y así este lo hizo.

Pero para entonces Nut ya estaba embarazada, por lo que Itemu se llenó de ira. Para vengarse de Nut, le ordenó no dar a luz durante “el mes” ni durante “el año” (1).

Entonces interviene Dyehuty, Thot para los griegos, dios de la sabiduría (Hermes en la versión de Plutarco), que se pone a jugar una partida a un juego con Jonsu, diosa de la La Luna , con la intención de ayudar a su hermana Nut, pues el premio para el vencedor habría de consistir en el otorgamiento de un tiempo extra que estuviese “fuera del mes y del año”.

Dyehuty consiguió arrebatar a la Luna la septuagésima parte del tiempo en que esta se aparecía durante los trescientos sesenta días del año (2), o sea, el equivalente a 5 días (360/70).

Dyehuty entregó estos cinco días ganados a la luna, epagómenos, a su hermana Nut, que aprovechó esos días para dar a luz a sus hijos, y de esa manera no saltarse la prohibición de Atum que la conminaba a no dar a luz durante el mes ni durante el año (1).

Tuvo un hijo por cada día epagómeno, en el siguiente orden, Osiris, Horus, Set, Isis y Neftis, y por esa razón en esos días pasaron a celebrarse el nacimiento de los dioses (3).

Por ello para los egipcios Osiris habría nacido el primero de esos días epagómenos (4), es decir, que lo habría hecho fuera de los meses y del año propiamente dichos..

Es por esta razón que en el primitivo calendario religioso egipcio, antes de que “el año” se viese ampliado por los 5 días epagómenos, los meses por si solos configuraban años exactos..12 meses de 30 días, un año de 360 días..

Platón toma el ciclo de 309 lunaciones equivalentes a 25 años, según el calendario egipcio, y los trasforma en los 300 que resultan metamorfoseados en los nueve mil años de su cronología Atlántida.

La intimidad con el no enamorado, que se mezcla con una moderación mortal, que dispensa mortalidades y mezquindades, y que produce en el alma amiga un servilismo aplaudido por las masas como virtud, le garantizará a ella nueve mil años sin entendimiento, rodando en torno a la tierra y bajo esta‛ (Diálogos de Platón – Fedro 256 e4 – 257 a2)

Como contabilizaban los egipcios los acontecimientos en su calendario

Ciertamente las fuentes griegas no son del todo fiables, pues  incluso a veces, en lo que se refiere a la religión de los egipcios, falsificaban intencionadamente los fundamentos de esta. Pero existe una segunda fuente de información que proviene de la traducción directa de los antiguos textos egipcios, gracias al desciframiento de Champollion. A través de la moderna egiptología disponemos hoy en día de un conocimiento muy valioso acerca de la antigua religión egipcia. De hecho estas fuentes egiptológicas contemporáneas son mucho más fiables y precisas como fuente de conocimiento del antiguo Egipto que las griegas o latinas clásicas.

La documentación arqueológica disponible nos permite conocer como Ramsés III detuvo una invasión de los Pueblos del Mar en el año octavo de su reinado, o como Merneptah venció a una coalición de libios y Pueblos del Mar..

“Año quinto, tercer mes de la estación shemu, día 3, bajo la Majestad de Horus: Toro poderoso, que se alegra con Maat. Rey del Alto y del Bajo Egipto: Morueco de Ra, amado de Amón. Hijo de Re: Merenptah, que está satisfecho a causa de Maat. (texto extraído de la Estela de Israel)

Los atlantólogos obvian los avances generados por la egiptología a partir de comienzos del siglo XX, y se remiten a viejas teorías vigentes hasta el pasado siglo XIX, a las que falsamente revisten de “teorías modernas” para otorgar supuesta veracidad histórica al relato de Platón sobre Atlántida. En esta remisión a teorías del siglo XIX está la base de su manipulación. Con ello los atlantólogos han creado una “ilusión” de veracidad histórica de la Atlántida ante el gran público.

El sensacionalismo mercantilista genera mucho dinero..pero lo cierto es que la Atlántida nada tiene que ver con la ciencia histórica ni arqueológica. Francisco Cervantes de Salazar (1514 – 1575), desconocía este método de datación vigente entre los antiguos egipcios cuando en su obra “Crónica de la Nueva España (escrita entre 1557 y 1564), consideró la posibilidad de que la alusión de Platón a los “nueve mil años”, se debiese a que los egipcios pudiesen dar fechas fijas que podían ser consideradas en meses tomados como años. El ignoraba en ese entonces lo que en 1904 acabó descubriendo el historiador alemán Eduard Meyer, que el tiempo con el que los egipcios aludían a lapsos temporales inverosímiles era el que se refería a la cronología mística de sus dioses, no a la cronología que hablaba de sus acontecimientos históricos.

Epílogo

Manetón atribuye “nueve mil años” al reinado de Hefestos (nombre egipcio Ptah, nombre romano Vulcano), lapsos temporales que siempre son atribuidos a la dimensión mítica, nunca a la histórica..

Según la versión de Sincelo (Jorge el Monje, finales del siglo VIII – principios del siglo IX).

 (CESAR VIDAL MANZANARES, 19 – TOMO I, DINASTÍAS DE DIOSES, SEMIDIOSES Y ESPÍRITUS DE LOS

MUERTOS – fr. 3, de Sincelo)

 Sobre la Antigüedad de Egipto

Manetón de Sebennito, sumo sacerdote de los malditos templos egipcios, que vivió

después de Beroso, en la época de Ptolomeo Filadelfo, escribe a este Ptolomeo el mismo

tipo de mentiras que Beroso, en relación a seis dinastías o seis dioses que nunca

existieron. Estos, según dice él, reinaron durante 11.985 años. El primero de ellos, el

dios Hefestos, fue rey durante 9.000 años. Ahora bien, algunos de nuestros

historiadores, que consideran estos 9.000 años como si se tratara del mismo número de

meses lunares, y que dividen el número de días de 9.000 meses lunares por los 365 días

que tiene el año, obtienen un total de 727 años y nueve meses. Imaginan éstos que han

alcanzado un resultado magnífico, cuando más bien debería señalarse que se trata de

una lamentable falsedad que han intentado oponer a la verdad.

La Primera Dinastía de Egipto. – 1.  Hefesto reinó 727 años y 9 meses.

Diodoro Sículo y los meses egipcios contados como años

El debate en torno a como los egipcios de la época de los faraones contaban sus años se remonta a la Antigüedad Clásica, cuando algunos autores apreciaban inverosimilitud en los enormes lapsos temporales que los egipcios otorgaba a sus dioses.

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Con notas

Literales, críticas e históricas

Sacadas del Comentario de d. Agustín Calmet, Abad de Senopes, del Abad Vence

y de los más célebres autores, para facilitar la inteligencia de la Santa Escritura.

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Enteramente conforme a la cuarta y última francesa del año de 1820.

XIV. Antigüedades de los Egipcios: su historia

La relación de los antiguos nombre de Egipto con lo que de el dicen los libros sagrados, muestra admirablemente la verdad de estos mismos libros, y refuta los delirios de los Egipcios; porque se sabe sin poderlo dudar, que desde Cam hasta Alejandro el Grande, no puede haber con mucha diferencia un tiempo tan largo, como quieren Maneton y la crónica egipcia.

Cuando hubiere un fundamento que nos obligara a admitir el número de años y de dinástias referidas en aquella crónica, todavía habría respuestas que dar a la excesiva antigüedad que pretenden los Egipcios. Primeramente sostiene algunos que los antiguos años de los Egipcios no eran tan largos como los nuestros. Pelafato (1) dice que al principio contaban ellos los gobiernos de sus reyes por días solamente, después de la muerte de Vulcano, Hélios su hijo reinó cuatro mil setenta y siete días, que hacen dos años comunes, tres meses y algunos días. ¿Quién nos asegurará que los autores egipcios de los tiempos posteriores para ponderar el número de los años de sus príncipes, y para sostener a expensas de la verdad su antigüedad pretendida, no han puesto años e lugar de días?.

Diodoro de Sicilia (Diodoro Sículo) dice que los Egipcios nos cuentan fábulas cuando aseguran que los primeros de sus dioses reinaron cada uno en Egipto o a lo menos mil doscientos años y los menos antiguos trescientos años por lo menos; de modo que desde el reino de Hélios o del sol, hasta el paso de Alejandro el Grande a el Asia, cuentan veinte y dos mil años. Añade pues que excediendo este número toda creencia, algunas personas sostienen para excusar a los Egipcios que antes de fijar el año en doce meses según el curso del sol, le daban un solo mes conformándose con el curso de la luna, así los mil doscientos años del reinado de cada dios se reducirían a mil doscientos meses, o cien años. Dicen también que habiendo posteriormente los Egipcios dado a sus años cuatro meses, dijeron que sus reyes habían reinado cada uno trescientos años, que hacen mil doscientos meses o cien años. Así quedaría reducida a una duración menos distante de la razón la excesiva antigüedad de las dinastías egipcias. Censorino (3) piensa que el antiguo año egipcio era de dos meses, que el rey Pison lo estableció de cuatro, y que luego lo fijó en doce.

Pero es muy dudoso que los años egipcios hayan sido tan imperfectos; en otra parte hablaremos de esto. No insistiremos pues en el argumento que se pretende sacar de aquí.

El texto se puede visualizar en las páginas 143 y 144 del enlace meses contados como años

El sigiente párrafo extraído del texto es significativo respecto a las razones del debate gestado en torno a los inmensos lapsos de tiempo atribuidos por los egipcios a sus dioses. Se trata de buscar en ello una lógica que no tiene.

Añade pues (Diodoro Sículo) que excediendo este número toda creencia, algunas personas sostienen para excusar a los Egipcios que antes de fijar el año en doce meses según el curso del sol, le daban un solo mes conformándose con el curso de la luna, así los mil doscientos años del reinado de cada dios se reducirían a mil doscientos meses, o cien años. Dicen también que habiendo posteriormente los Egipcios dado a sus años cuatro meses, dijeron que sus reyes habían reinado cada uno trescientos años, que hacen mil doscientos meses o cien años. Así quedaría reducida a una duración menos distante de la razón la excesiva antigüedad de las dinastías egipcias.

La mitología no tiene una base racional, forma parte del pensamiento religioso del ser humano, y como tal debe ser comprendido.

¿Tiene algún sentido buscarle racionalidad a los nueve mil años de reinado de Ptah (según Manetón)?.

El debate de los meses contados como años estuvo siempre en el pasado dirigido a especular con la lógica de los autores clásicos y helenísticos, que siempre se referían con ello a la dimensión mítica, no a la histórica.

Si los 9.000 años de reinado de Ptah los transformamos en meses lunares y nos da por ello 727 años con nueve meses solares (según Manetón)..¿habremos encontrado de tal modo la lógica buscada?..

Desde comienzos del siglo XX se conoce como los antiguos egipcios fijaban sus acontecimientos históricos, situándolos en el año de un determinado faraón.

La teoría de que los egipcios contaban sus meses como años es errónea, viene de tiempos pretéritos, y está totalmente desmentida y sobrepasada por el conocimiento del que hoy en día disponemos en materia de egiptología.

Las especulaciones de algunos autores clásicos y helenísticos respecto a que los egipcios podían contar sus lunaciones como años solo tenían contextualización dentro de la esfera mitológica, y dentro también de la psicología que embargaba a esos autores, a través de la cual consideraban que los milenios atribuidos a las divinidades debían tener, siempre desde su condicionada visión del mundo, una lógica racional.

Evidentemente, para una persona del siglo XXI los miles de años que los egipcios atribuían a sus dioses formaban parte de su psicología religiosa, y no hay que intentar buscarle lógica cronológica alguna.

Sin embargo, los atlantólogos utilizan el debate de aquellos autores de hace mas de dos mil  años en torno al tiempo de los dioses del Nilo para buscarle racionalidad a los nueve mil años de la Atlántida de Platón.

Ellos dicen que los egipcios contaban sus meses como años, y que por ello aquellos nueve mil años del filosofo griego deben ser entendido como lunaciones. Es entonces claro que en su mente, el mito se reviste de realidad..la fábula de historia..

Pero lo cierto y constatado por la documentación historica y arqueologica, es que los egipcios nunca contaban su historia aludiendo de manera ambigua a lapsos temporales de miles de años, esto lo dejaban para su mitología.

La manipulación del orden mítico

Una forma clara de manipulación de las consciencias consiste en el establecimiento de premisas, que siendo falsas en su planteamiento, se fijan en el subconsciente, y pasan a formar parte de la realidad objetiva y a ser aceptadas con naturalidad.

Obsérvese el ejemplo de los atlantólogos con respecto a su intención de utilizar las alegorías temporales de Platón para alterarlas en su conceptualización cronológica..

Toman los “nueve mil años” presentes en el relato de la Atlántida, y nos dicen:

Los autores de la antigüedad decían que los egipcios contaban los meses como años, por lo que cuando hablaban de “miles de años, en realidad querían decir “miles de meses”..

Inconscientemente, nuestra mente pasa a dar por hecho que realmente los egipcios hablaban de cosas como “hace x miles de años ocurrió esto” y “hace miles de años ocurrió aquello otro”..y empezamos a esforzarnos en interpretar que querían decir los egipcios cuando empleaban lapsos temporales de inverosímiles miles de años para referirse a sus cronologías históricas.

¿Pero acaso nos preguntamos si realmente es cierto que los egipcios hablaban en esos términos de su historia?.

Incluso personas que tienen conocimientos de egiptología y conocen perfectamente como aludían los egipcios a sus acontecimientos históricos, fijando estos en los años de reinado del faraón correspondiente, se dejan engañar por el poder magnético de la falsa premisa y se preguntan “por qué los egipcios decían que el suceso x había ocurrido en unos inverosímiles miles de años atrás”.

Simplemente con indagar un poco en su propio conocimiento se darían cuenta estas personas de que realmente los egipcios no hablaban de sus tiempos históricos en esos términos.

La premisa de que los egipcios aludían a sus hechos históricos contándolos en años que en realidad equivalían a meses es pues falsa desde su origen, pues no hay modo de racionalizarla al no existir contexto para ello.

Los lapsos temporales inverosímiles eran aplicados en la concepción egipcia para transmitir el relato mítico, nunca el histórico.

En los manipuladores de las consciencias, el orden mítico se superpone y confunde con el orden histórico..