Deconstruyendo la religiosidad primigenia: como nacen los espíritus (1ª parte)

Toda transmisión de conocimiento religioso oral u escrito fue en origen un intento de explicar un conocimiento científico que los sabios del clan querían socializar entre su comunidad, lo que sugiere que antes que religioso el homínido ancestro del homo sapiens que comenzó a despertar a la consciencia de lo meta sensorial fue antes científico que religioso. De ahí que todas las cosmovisiones espirituales orales u escritas estén en gran medida encriptadas en metáforas y alegorías como reflejo ancestral de que lo que un día fue conocimiento científico se poetizó tras la aparición del lenguaje articulado para poder transmitirlo no solo con la imitación sino con esa nueva capacidad que era la palabra. 

Pero hubo un antes en ese proceso de poetización del conocimiento científico, una espiritualidad anterior a la aparición del lenguaje articulado en el sapiens. De ambas nos ocuparemos aquí.

Como nacen los espíritus 

Para entender porqué despertó en los homínidos antecesores de los homo sapiens la consciencia sobre la existencia de una realidad más allá de la que se hacía tangible por la puesta en ejecución de sus cinco sentidos naturales hay que poner nuestro foco de atención en la condición de científicos de aquellos homínidos.

El Homo como ser científico es anterior al Homo como ser consciente de lo meta sensorial. Todas las cosmovisiones históricas que retratan la relación del ser humano con lo meta sensorial reflejadas en tradiciones espirituales orales o escritas evolucionan de una primigenia realidad científica; lo que hoy en día entendemos por religiosidad no es pues un estado que nace con nosotros como una cualidad innata, sino una evolución natural derivada del desarrollo de ese espíritu científico que vivificaba a las comunidades homínidas en tiempos remotos e ignotos…

Entenderemos tras leer estas líneas porque digo que el despertar a la consciencia de lo meta sensorial es la prolongación natural de ejercitar de manera sistémica la actividad científica, y porqué por tanto primates superiores como bonobos y chimpancés son proclives también a desarrollar una consciencia de sumergimiento en lo meta sensorial al igual que los homínidos que comenzaron a trabajar la piedra para transformarla en instrumento de utilidad. Lo que si podemos considerar como cualidad innata de nuestra especie es la imaginación pura, definida por el psicólogo evolutivo Flavell John como la tendencia del niño en su primera etapa de vida a concebir todas las cosas dotadas de vida e intenciones (Flavell John, “La Psicología evolutiva de Jean Piaget”, Buenos Aires, México, Paidós, 1991).

Esta imaginación pura se va diluyendo a medida que el niño madura, no siendo pues el factor determinante en la aparición de la consciencia acerca de lo meta sensorial, pero si el sustrato psicológico sobre la que aquella se va a asentar al interactuar con esta imaginación pura la imaginación científica que supone la capacidad que se tiene para tomando entre sus manos una piedra en estado natural visualizarla ya transformada en un artilugio de utilidad para extraer con ella beneficios de la naturaleza. La imaginación pura durante la primera etapa de desarrollo del niño dota de vida e intenciones a objetos perceptibles por los sentidos naturales, pero no a entidades que no son perceptibles por esos mismos sentidos naturales. Y este punto es el esencial que comienza a marcar la diferencia con la imaginación científica, con la que aquella va a interactuar para hacer saltar las chispas de las visualizaciones meta sensoriales; el trabajo sistémico de la piedra para transformarla en artilugio de utilidad desarrolla la parte del cerebro que visualiza esa piedra ya transformada, lo que incide en su potencial imaginativo para ver imágenes transfiguradas en su cerebro, que como proyecciones mentales producto de una actividad cerebral sistémica acabará durante la evolución formando parte de un organigrama genético que a su vez proyectará en todo tipo de imágenes más allá de las de las piedras transfiguradas en objetos de herramientas. Todo comienza entonces a poder transmutarse, dando así origen a la idea de espíritu.

La idea de espíritu constituye pues la consecuencia natural del trabajo sistémico de la piedra que faculta al homínido para imaginar objetos visualizados en bruto transformados en artilugios de utilidad herramental. De tal manera es que bonobos o chimpancés tienen también la capacidad de recrear en su mente un mundo dual de realidades sensoriales y meta sensoriales. Pero la consciencia sobre la existencia de esas entidades meta sensoriales no es tampoco en si misma suficiente para hablar de la espiritualidad homínida, pues esta necesita del desarrollo de un culto para completar el ciclo. Es el ritual de apaciguamiento que la inteligencia homínida concibe para aplacar las intenciones que se le suponen a esas entidades espirituales que escapan a su control lo que va a configurar la base de la primigenia religiosidad homínida.

Más el Homo que se sumerge en esta religiosidad primigenia no tiene aún la capacidad para comunicarse con un lenguaje articulado, lo que lo dificulta enormemente para ser capaz de transmitir a sus congéneres todas las nuevas realidades que le surgen de sus recreaciones meta sensoriales, por lo que no socializa adecuadamente esa religiosidad primigenia…

Ver aquí 2ª parte

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Los 19 años de Noé en los 1000 años menos 50 de Corán 29:14

la luna nueva determinaba el comienzo del año
Ciclo de fases lunares en el tiempo de Noé en el Corán

¿Por que precisamente esa cifra antinatural de mil años y porqué esa sustracción de cincuenta?.

El objeto final de esta exposición es desvelar en base a mis condicionantes mentales lo que significa la mención coránica al tiempo de Moisés entre su pueblo contenida en Corán 29:14, al que la Revelación Coránica alude como “mil años menos cincuenta”, al igual que anteriormente hice con los trescientos años menos nueve de la sura La caverna en Corán 18:25 ver aquí

Todas las cosmovisiones sobre la relación del ser humano con lo meta sensorial reflejadas en las tradiciones espirituales orales o escritas constituyen una evolución de las consciencias que tiene su base en una premisa mental muy precisa; el ser humano fue antes científico que religioso, hecho que acabará condicionando psicológicamente todas las elaboraciones religiosas posteriores.

Cuando nacemos lo hacemos en estado de imaginación pura, que es lo que algunos antropólogos denominan con el concepto animismo infantil.

“El animismo infantil es la tendencia a concebir las cosas como vivas y dotadas de intenciones” (Piaget Jean, “Seis estudios de psicología”, Barcelona, Seix Barral, 1968, 2° edición), por lo que la imaginación pura sería esa misma tendencia del niño en su primera etapa de desarrollo a concebir todas las cosas dotadas de vida y de intenciones. Con el tiempo se va reduciendo cada vez más el número de cosas a las que el niño atribuye vida e intenciones (Flavell John, “La Psicología evolutiva de Jean Piaget”, Buenos Aires, México, Paidós, 1991).

Esta imaginación pura es la cualidad prístina del ser humano, pues nacemos con ella, siendo por tanto innata, y durante la evolución homínida reaccionó con la emergente imaginación científica, que es adquirida, resultando la misma del efecto del trabajo sistemático de instrumentos de piedra que acabaría desarrollando la facultad imaginativa de visualizar la piedra en bruto ya transformada en instrumento elaborado. Esta actividad cerebral acabaría formando parte de su organigrama genético, incidiendo en su potencial imaginativo al desarrollar su capacidad para proyectar mentalmente imágenes transfiguradas derivadas de su actividad científica.

El niño va perdiendo su imaginación pura a medida que crece, pero la aparición en el ser humano del mundo imaginativo surgido de la ciencia va a reaccionar con ese mundo de la imaginación pura innata que se va disolviendo con el desarrollo físico y mental para cosificarla y dar lugar de tal modo al surgimiento de la cosmovisión espiritual, que se transforma en religiosa cuando el ser humano desarrolla su capacidad para expresarse con un lenguaje articulado cada vez más amplio y sofisticado. Esta capacidad surge precisamente de la necesidad de transmitir los conceptos meta sensoriales emergidos a consecuencia de la reacción de la imaginación pura con la imaginación científica. El ser humano se veía incapaz de transmitir conceptos meta sensoriales con la amalgama de sonidos y movimientos corporales con los que hasta entonces se comunicaba y socializaba con el grupo, por lo que se vio forzado a desarrollar un lenguaje articulado con el que poder transmitir y socializar esa realidad interior ver aquí

Este esfuerzo derivado de su relación con el mundo meta sensorial que estimula los centros cerebrales que anatómicamente le facultan para desarrollar un lenguaje articulado ante la necesidad de transmisión y socialización, va a su vez a incidir en el desarrollo de una intención cognitiva que le va separando de la intención prístina ligada a sus instintos. La intención cognitiva hace pues su aparición en la psicología humana a consecuencia del esfuerzo por transmitir aquellos conocimientos meta sensoriales, lo que acabará posicionando al ser dotado de esta nueva forma de inteligencia más allá del mundo dominado exclusivamente por los instintos. De aquí surge un signo característico de la inteligencia humana…, el de la capacidad de ocultar el verdadero propósito de nuestras acciones e intenciones (ver aquí), teniendo esto su reflejo en la construcción de las tradiciones orales o escritas que van a sustanciar las cosmovisiones acerca de lo divino ya en tiempos históricos. 

La ciencia tuvo así desde sus comienzos durante la evolución humana una ligazón invisible con los sentimientos profundos inspirados por las percepciones de las realidades meta sensoriales, alianza que se comenzó a transmitir mediante la potencialidad del lenguaje articulado, primero en las tradiciones orales y más tarde a través de las tradiciones escritas, resultando de ello el origen de la religión propiamente dicha.

Esta es la causa por la que todas las religiones cosificadas oral o escrituralmente tienen un sustrato científico en sus mensajes espirituales, como elemento que consciente o inconscientemente rememora la sustancia prístina sobre las que estas se gestaron. Sin ciencia no habría pues religión, y una de las bases de la transmisión cosificada de la cosmovisión sobre lo meta sensorial es la creación de arquetipos religiosos como técnica para hacer llegar la palabra divina a la parte inconsciente donde se generaron aquellas imágenes meta sensoriales..inconsciente en el sentido de que no depende de los sentidos físicos sino mentales como la imaginación y la inteligencia.

Los arquetipos fundamentan a su vez las metahistorias que transmiten enseñanzas éticas y morales, o conocimientos científicos sustentados en las realidades biológicas, astronómicas o geológicas. El tiempo es también metahistórico y no cosificado históricamente en los mensajes espirituales, razón por la que en estos se habla de períodos temporales inaplicables a los ciclos vitales del ser humano, tal como ocurre por ejemplo en la Revelación coránica.

Veamos así un ejemplo en la metahistoria coránica de Noé contenida en la sura La araña, donde el Corán emplea la expresión “permaneció con él durante mil años menos cincuenta”:

Enviamos Noé a su pueblo y permaneció con él durante mil años menos cincuenta. Luego, el diluvio les sorprendió en su impiedad. (Corán 29:14)

La forma numérica es metahistórica, pero tiene una correlación en otras tres suras coránicas  donde también se alude metahistóricamente a un lapso temporal que obviamente no se corresponde con la realidad del ciclo vital humano, pero que al visualizarlas en su conjunto nos desvela una cifra que arquetípicamente se corresponde con una realidad astronómica muy conocida desde hace milenios:

Te piden que adelantes la hora del castigo, pero Alá no faltará a Su promesa. Un día junto a tu Señor vale por mil años de los vuestros. (Corán 22:47)

Obsérvese que ya en esta aleya de la sura “La peregrinación” en la que se habla de que “un día junto a tu Señor vale por mil años de los vuestros” se relaciona esta cifra con “la hora del castigo”

Él dispone en el cielo todo lo de la tierra. Luego, todo ascenderá a Él en un día equivalente en duración a mil años de los vuestros. (Corán 32:5)

De nuevo la atención recae sobre el hecho de que en esta aleya de la sura “La postración” se habla de “un día equivalente en duración a mil años de los vuestros” en relación a que “todo ascenderá”…

Los ángeles y el Espíritu ascienden a Él en un día que equivale a cincuenta mil años. (Corán 70:4)

Y en esta ocasión en la que en la sura “Las vías de ascenso” se habla de “un día que equivale a cincuenta mil años” lo hace en relación a que “los ángeles y el espíritu ascienden a Él”…

El día se asocia al tiempo divino, pero son los mil o cincuenta mil años los que lo hacen al tiempo humano en sentido metahistórico. De la superposición de estas tres aleyas se deduce que mil o cincuenta mil años aluden a la misma realidad meta sensorial que tiene que ver con la capacidad imaginativa del ser humano, no con su capacidad sensorial relativa al mundo físico, por lo que cada uno de los mil años equivalen a cincuenta de los cincuenta mil años:

Mil años = cincuenta mil años, por lo que 1 año = 50 años en el lapso temporal metahistórico.

En la aleya la araña sobre Noé cuando se lude a los mil años, “mil años menos cincuenta” (Corán 29:14), cada cincuenta de estos constituyen una fracción temporal dentro de esos mil años que equivale a un año..

Tenemos así 20 fracciones de cincuenta años metahistóricos equivalentes cada una a un año, por lo que al restar la fracción de cincuenta años mencionada en la aleya nos quedan 19 fracciones, o lo que es lo mismo, diecinueve años…

El Corán sustrae una fracción de cincuenta años a los mil porque habla en un lenguaje metahistórico, aludiendo así a un arquetipo oculto en la aleya, y por ello no dice directamente 950 años cuando habla del tiempo de Noé, pues no es obviamente su edad lo que se transmite, sino el conocimiento de un ciclo astronómico de 19 años conocido como ciclo metónico, tiempo en que el sistema Tierra/Luna da 19 vueltas al Sol, y al cabo del cual las fases de la Luna comienzan exactamente en la misma fecha luego de ese ciclo de 19 años.

El ciclo metónico es conocido por quien le dio el nombre, el matemático y astrónomo ateniense Metón (siglo V a.C.), aunque este conocimiento científico astronómico ya lo conocían con anterioridad en Mesopotamia e incluso en culturas prehistóricas.

Pero en el Corán el tiempo atribuido a Noé en los mil años menos cincuenta no alude a un tiempo histórico de 19 años, sino que el arquetipo oculto en el ciclo astronómico de los 19 años que implica comienzo y cierre de un ciclo, al comenzar y terminar las fases de la Luna exactamente en la misma fecha tras 19 años, es una alegoría de algo claramente manifestado en las cuatro aleyas aquí mencionadas…