Desvelando los 300 años más 9 de los durmientes en Corán 18:25

Los durmientes en la caverna de Corán 18,25
Los durmientes en la caverna de Corán 18,25

El descenso desde la preexistencia o ájira a la existencia, mundo de los sentido o dunia, viene alegorizado en el Corán en la sura La Caverna (sura 18) en las aleyas en las cuales se relata la metahistoria de los durmientes de la caverna. Esta nos habla así del pacto preexistente establecido por Allah con Adam mediante el que este desciende al dunia una vez dotado de la capacidad de nombrar todas las cosas, alegoría que en la Revelación coránica alude al estado mental que implica el estar capacitado para percibir la dispersión de todas las cosas que preside la realidad de la existencia o dunia, toda ella contraria al estado de tawhid que preside la preexistencia o ájira…

Los durmientes constituyen las capacidades de Adam para nombrar todas las cosas; la imaginación, la inteligencia y los sentidos naturales. Mientras que Al-Rakim conforma la intención primigenia, que en la metahistoria de los durmientes aparece nombrada como un ente separado de los durmientes al ser esta una capacidad que continúa morando en la preexistencia dependiendo exclusivamente de la voluntad de Allah…a diferencia de los durmientes que moran en la existencia. De ahí la razón de que la Revelación coránica nombre por un lado a los durmientes y por otro a Al-Rakim. El conjunto de todo ello constituye el ahsan taqwim del que se habla en Corán 95:4…

El tránsito desde la preexistencia a la existencia, del ájira al dunia, se realiza a través del útero materno, que es el puente que conecta ambos mundos. La frase contenida en la Revelación coránica que habla de que los durmientes permanecieron trescientos años más nueve en la caverna junto con Al-Rakim sería así una alegoría biológica del tiempo que abarcaría el período de fecundación más el de embarazo; nueve años por nueve días, y trescientos años por trescientos días, es decir, el período que transcurre desde que se forma el cigoto hasta que se implanta en el útero más el período de embarazo propiamente dicho. https://joseangelh.wordpress.com/2016/02/23/trilogia-sobre-la-sura-18-del-coran/

El período máximo de embarazo es legalmente de 300 días, y el de fecundación de 9. En la Antigua Roma ya se tenían conocimientos de obstetricia en los que se hablaba de un período de gestación corta de 180 días y otro largo de 300 días, lo que implicaba establecer límites médicos para delimitar el tiempo mínimo y máximo durante el cual era posible que una mujer diera a luz un bebé vivo. El Corán establece también estos mismos límites; el mínimo de 180 días en una alusión directa deducida de la unión de tres aleyas:

Las madres amamantarán a sus hijos durante dos años completos si desea que la lactancia sea completa (Corán 2,233)

su madre le llevó sufriendo pena tras pena y le destetó a los dos años (Corán 31,14)

El embarazo y la lactancia duran treinta meses (Corán 46,15).

Si la lactancia dura dos años, y la suma de esta más el tiempo de embarazo 30 meses, significa que a partir de los 180 días de embarazo ya es posible el nacimiento de un bebé con perspectivas de vida, y por lo tanto de ser amamantado. Si en una parte del Corán se alude a ese tiempo mínimo de embarazo que ha de preceder al parto, en otra se alude al tiempo máximo que puede preceder al parto, que son los 300 días alegorizados en la metahistoria de La Caverna: “Permanecieron en su caverna trescientos años, a los que se añaden nueve” (Corán 18,25).

Los egipcios calculaban con bastante exactitud el tiempo del embarazo; tenían una prueba de embarazo, entre otras que también solían utilizar, que consistía en coger dos sacos en los que en uno metían cebada y en otro trigo, ponían en ambos dátiles y arena, y luego la mujer orinaba en ellos diariamente para comprobar si en los sacos se producía germinación, lo que sería prueba de que habría embarazo:

Tú debes poner en dos sacos de tela granos de trigo y de cebada, y paralelamente dátiles y arena en los dos sacos que la mujer ha de orinar diariamente encima. Si ambos crecen tendrá descendencia. (Papiro médico de Berlín 199, verso 2, 2-5, y Papiro Carlsberg, III, I, 6 – X + 3)

Es interesante al respecto el experimento efectuado en 1963 en la Universidad cairota de rota de Ain Shams, donde se demostró que mientras que la orina de mujeres embarazadas no estimulaba el crecimiento del trigo y de la cebada, la orina de mujeres embarazadas si que lo estimulaban en un elevado porcentaje de las pruebas realizadas (Ghalioungui, Khalil, Ammar, 1963, 241-246).

En lo que se refiere a la correlación astronómica entre los 300 años solares con 309 años lunares que las exégesis tradicionales islámicas atribuyen al significado de la aleya coránica, Permanecieron en su caverna trescientos años, a los que se añaden nueve” (Corán 18,25), es un conocimiento científico del que ya disponían los antiguos egipcios en un tiempo muy anterior a la Revelación coránica. Los sacerdotes establecieron un ciclo de 25 años solares (300 meses solares) durante los cuales ocurrían 309 lunaciones, para así calcular con precisión astronómica las fases de crecidas del Nilo. (Papiro Carlsberg 9 o Papiro Rylands 666).

Las cosmovisiones religiosas suelen asimilar los días a los años o los años a los días dado que el tiempo es siempre metahistórico para ellas, de ahí que por ejemplo el Corán hable de 300 años más nueve en lugar de las 309 lunaciones en las que se habla en este papiro egipcio. En la alegoría coránica permanecemos en el útero los 300 más los 9 años en estado de pérdida de consciencia. Ese tiempo coránico Platón lo plasma en 9000 años; 300 meses, 9000 días…9000 años, todo en una maravillosa alegoría del olvidado amor entre dioses, sin entendimiento, rodando en torno a la tierra y bajo esta…

La intimidad con el no enamorado, que se mezcla con una moderación mortal, que dispensa mortalidades y mezquindades, y que produce en el alma amiga un servilismo aplaudido por las masas como virtud, le garantizará a ella nueve mil años sin entendimiento, rodando en torno a la tierra y bajo esta (Diálogos de Platón – Fedro 256 e4 – 257 a2)

El tiempo de los 9000 años de Platón es metahistoria, y nos lleva a la misma cifra que la del Corán, 300 años, 300 meses, 9000 días, 9000 años..todo lo mismo en la comprensión metahistórica. 

Hay un rito extraordinario, por su extrapolación científica, relacionado con el renacimiento de Osiris como alegoría de la gestación de la vida en el seno materno, la Festividad Khoiak. Consistía en rellenar una efigie ahuecada de Osiris con cebada y arena y luego regarla durante nueve días. Al noveno día se la exponía al sol antes del crepúsculo, y al día siguiente comenzaba la germinación, toda una alegoría de los ciclos agrícolas del Nilo, la inundación, la siembra y la cosecha, y a su vez del embarazo, los trescientos años en la alegoría, y del período previo de fecundación desde que se forma el cigoto hasta que este se implanta en el útero para comenzar el embarazo propiamente dicho, los nueve años en la alegoría coránica…

¿Como podían saber los antiguos egipcios que antes de comienzos del embarazo había un período de fecundación de nueve días?.

Las pruebas de embarazo como la mencionada en el Papiro médico de Berlín 199, y el Papiro Carlsberg, III, fueron el resultado de cientos de años de observación y experimentación. A mujeres que tenían relaciones sexuales se les comenzaba a hacer la prueba de orina con las bolsas de cebada y trigo; si la germinación que era prueba de que había comenzado el embarazo se producía al séptimo, octavo o noveno día, era síntoma de que anteriormente al comienzo del embarazo había obviamente un tiempo de fecundación que se había iniciado el día en que había tenido la última relación sexual…El renacimiento de Osiris iba así precedido pues de ese período de fecundación alegorizado en los nueve días de riego de su momia durante la Festividad Khoiak.

La aleya coránica de la sura La Caverna relativa a los trecientos años a los que se le añaden otros nueve nos remite así de manera alegórica al descenso del ser humano desde la preexistencia o ájira a la existencia o dunia a través del canal entre ambos mundos que se simboliza en el útero materno.

Esta interpretación libre de esta metahistoria del Corán no es el efecto de haber interpretado directamente el texto coránico de referencia sin más, sino de un esfuerzo previo de mi imaginación mediante el cual transformé esa metahistoria en un arquetipo acorde a mis condicionantes mentales sobre el que luego discerní y cree a la vez mi propia metahistoria..

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El sacrificio del toro en la cultura del Valle del Indo y la Atlántida de Platón

Pashupati-Shiva representado con diez brazos sobre el toro Nandi antes de su sacrificio

Los sellos del Indo conocidos en la cultura del Valle del mismo nombre tenían una particularidad a la que hasta ahora, y en base al material arqueologico disponible en la actualidad, no se le ha sabido dar una razón consensuada entre los especialistas. En estos sellos se representan imágenes de animales reales o mitológicos, como cebúes, elefantes, toros, o unicornios, pero no suelen aparecer otros muy comunes en la región como los pavos reales, los monos, o las cobras, entre otros. La peculiaridad que parece distinguir al grupo de los representados en imágenes de los sellos de los que no lo están, salvo quizás alguna excepción, es la de ser seres astados. Incluso los animales mitologicos aparecen astados aunque sea con un solo cuerno, como los unicornios.

Sellos del Indo con diversas representaciones de astados

El cuerno pudiera ser un signo de fertilidad, según mi parecer, asociado a la idea de lo que en la tierra la hiere para provocar en ella causes por los que las aguas de los rios, fuentes de vida, pudieran circular..

El toro Nandi, emblema de la fertilidad ya en el shivaismo pre ario, es la montura de Pashupati-Shiva cuando al domarlo reprime su lujuria sexual y otorga al toro sagrado la utilidad para la que los dioses lo han concebido. Tenía dos cuernos con los que había labrado los surcos por los que discurrirían los ríos sagrados del Indo y el Ganges. Shiva sacrifica al toro sagrado para verter su sangre sobre la tierra. Con el líquido rojo de vida se riega la tierra como epifanía de la voluntad de la divinidad que se manifiesta en el semen del toro que fecunda a la Diosa Madre para que cíclicamente acontezca el renacer en estado de fertilidad de la dadivosa tierra, pero también el de la fecundidad de las criaturas que la pueblan.

Desde el Neolítico del Valle del Indo se conoce un culto sacrifical de naturaleza fálica denominado culto al lingam (falo de Pashupati-Shiva). Consistía en una piedra o poste en forma de columna sobre la que se colocaba y ataba al animal a sacrificar. La columna representaba el falo erecto de Pashupati-Shiva (1). Pashupati-Shiva simboliza el principio fecundador de la naturaleza que utiliza para su manifestación como tal el sacrificio del toro y el vertimiento sobre la tierra de un aparte de su sangre. Unas partes del animal y de su sangre son luego sacrificadas al agni, el fuego del sacrificio.

Podemos hacer una comparación entre el sacrificio del toro en el culto lingam y el sacrificio de este animal según la historia de Atlántida que Platón nos relata en el Critias:

Rogaban a Poseidón que tomara la ofrenda sacrifical que le agradara de entre los toros sueltos en su templo y ellos, que eran solo diez, lo cazaban sin hierro, con maderas y redes. Al que atrapaban lo conducían hacia la columna y lo degollaban encima de ella, haciendo votos por las leyes escritas. En la columna, junto a las leyes, había un juramento que proclamaba grandes maldiciones para los que las desobedecieran. Tras hacer el sacrificio según sus leyes y ofrecer todos los miembros del toro, llenaban una crátera y vertían en ella un coágulo de sangre por cada uno. El resto lo arrojaban al fuego una vez que habían limpiado la columna. (2)

En el culto lingam, el toro sacrificado era partido en tres partes:

Linga como el cuerpo del devoto, se divide en tres partes. La parte inferior (en el cuerpo por debajo del ombligo) es cuadrada, oculta en el pedestal. Representa a Brahma, el constructor, el poder de la gravitación que forma los mundos . La parte central (en el cuerpo, del ombligo hasta la axila) es octogonal y representa a Vishnu, la fuerza centrípeda de concentración que da nacimiento a la materia. La parte superior (hombros y cabeza) es cilíndrica y representa a Shiva, la fuerza centrígufa de expansión, de la cual surgen la forma y la materia. El linga está abrazado por el yoni, el receptáculo “La madre universal es su altar”- Shiva Purana 1.21.22. (3)

Como se puede observar en el texto platónico, el toro era atrapado con maderas y redes, sin hierro; obviamente para no dañarlo vertiendo su sangre antes de ser llevado a la columna erecta que simbolizaba el falo de Pashupati-Shiva que habría de fecundarlo. El sacrificio del toro atado a la columna tras el cual resultaba vertida la sangre de la bestia, constituía entonces una alegoría de la acción fecundadora de Pashupati-Shiva sobre la tierra y todas las criaturas de la creación. El sacrificio del toro descrito por Platón en el Critias y el sacrificio de este mismo animal durante el culto shivaítico lingam, no son más que manifestaciones simbólicas de un mismo acto, el que tiene lugar cuando renace cíclicamente la vida por efecto de la voluntad de la divinidad. Los restos del toro eran posteriormente sacrificados a Agni, el fuego del sacrificio.

En el antiquísimo Rig Veda, este acto de renacimiento de la vida a través de la sangre que se vierte tras el sacrificio del toro, es representado mediante el semen del dios Rudra.

En otro de los párrafos del texto de Platón sobre el sacrificio del toro en la Atlántida, el filosofo griego escribió:

Rogaban a Poseidón que tomara la ofrenda sacrifical que le agradara de entre los toros sueltos en su templo y ellos, que eran solo diez, lo cazaban sin hierro, con maderas y redes. (2)

¿Eran solo diez “ellos” dijo Platón?. Una de las representaciones de Pashupati-Shiva, precisamente en la que aparece montado sobre el toro Nandi antes de ser llevado a la columna sagrada para su sacrificio, es la que lo visualiza poseyendo diez brazos..tal como se puede apreciar en la imagen que encabeza este artículo..

Pashupati-Shiva debe de atrapar al toro con sus diez brazos antes de poder montarlo para llevarlo a la columna sagrada y disponerlo así para el sacrificio de fertilidad y regeneración de la vida.

Notas
(1) Mito recogido en un himno del Átharva Vedá (I milenio a. C.)
(2) Diálogos de Platón, Critias 119 e – 120 a, Biblioteca Básica Gredos
(3) Fuente: Lingam y tantra: mitología, historia y formas de culto al falo.

Tartessos fue una colonia india de Lothal

Representación de Lothal en el Valle del Indo

En el año 518 a.C. Darío I, rey de los persas, conquista las tierras del Valle del Indo, en la India, las convierte en satrapía de su imperio, y pasa de esa manera a controlar la economía india.

Este sometimiento del Valle del Indo al poder persa coincide en el tiempo, fines del siglo VI a.C., con la época hacia la que diversos historiadores y arqueólogos parecen constatar la desaparición de la supuesta Tartessos ibérica.

La coincidencia de ambas fechas tiene una lógica histórica.

Desde el segundo milenio a.C., Lothal, grandiosa urbe india del Valle del Indo, tenía relaciones comerciales con el mundo Mediterráneo. Existía una ruta comercial a través del Golfo Pérsico, que conectaba Lothal con las culturas mesopotámicas (1), y una ruta que bordeaba Africa, pasaba por el estrecho de Gibraltar, y llegaba hasta Egipto y otras zonas del levante Mediterráneo.

Dado el inmenso periplo marítimo que los marinos de Lothal debían realizar para llegar hasta las áreas geográficas de Egipto y el oriente Mediterráneo, establecieron una colonia comercial ubicada al occidente del Estrecho de Gibraltar, en un área a la que en el segundo milenio a.C. no llegaban aún las ambiciones imperialistas de las potencias Mediterráneas.

Lothal no se estableció exclusivamente en el territorio peninsular ibérico, sino que lo hizo también en la costa del Marruecos actual, siendo entonces que ambas áreas situadas al norte y sur del Estrecho de Gibraltar conformaban el territorio nebuloso que en los textos griegos pasó a denominarse Tartessos.

Las alusiones bíblicas a Tarsis, recogidas en textos elaborados con posterioridad al cautiverio en Babilonia (607 a.C. – 537 a.C.), no hacían sino recoger de manera vaga e inconcreta historias antiguas que circulaban por el Mediterráneo Oriental  relativas a un misterioso pueblo de comerciantes con el que desde tiempo inmemorial se realizaban transacciones mercantiles.

Los marinos de Lothal llevaban a los puertos del Mediterráneo la memoria de su mundo..la ciudad que poseía un gran puerto unido a través de un canal a un rio, el Sibarmati, que hacía que fuese posible la navegación de sus grandes naves hasta el mar.

La ciudad de Lothal, fundadora de la colonia afro-europea de Tartessos, pereció inundada por las aguas..

Después de que el corazón de la civilización de Indus había decaído en Mohenjo-daro y Harappa, parece no sólo que Lothal ha sobrevivido, pero ha prosperado durante muchos años. Sus amenazas constantes, tormentas tropicales e inundaciones, causaron la destrucción inmensa, que desestabilizó la cultura y por último causó su final. El análisis topográfico también muestra signos que en aproximadamente el tiempo de su fallecimiento, la región sufrió de la aridez o debilitó la precipitación del monzón. Así la causa para el abandono de la ciudad puede haber sido cambios del clima así como catástrofes, como sugerido por archivos magnéticos ambientales. Lothal está basado en un montículo que era un pantano de sal inundado por la marea.

Fuente: aquí

Otras urbes sindhis tomaron las rutas comerciales de Lothal, y mantuvieron vivas las relaciones con el Mediterráneo hasta la conquista persa de Darío I en 518 a.C.

Las historias que los marinos de Tarsis habían propagado por el Mediterráneo inspirarían a Platón para elaborar su narración sobre la Atlántida.

1. S. R. Rao (1985). Archaeological Survey of India. ed. Lothal. p. 11

La Atlántida de Platón, anatomía de un fraude cronológico

La ausencia absoluta siquiera indiciaria de prueba arqueológica alguna que avale la teoría de la veracidad histórica del relato platónico sobre la Atlántida, ha llevado en la última década a los investigadores que sostienen esta teoría a fundamentarla en la creencia ciega de que la crónica Atlántida constituye la plasmación de acontecimientos históricos reales. El lapso temporal atribuido literalmente por Platón a su metahistoria oceánica es el principal campo de batalla de los intentos por parte de los defensores de la historicidad de la misma de revestirla de un enfoque  racional para historiadores y arqueólogos.

Es en este contexto donde entra en juego le expresión “nueve mil años” aplicada por el filosofo griego al lapso temporal transcurrido desde la fundación de Atlántida hasta su hundimiento en el mar poco después de su guerra con la Atenas primitiva. Según los atlantológos, la expresión “nueve mil años” debe ser considerada a partir de la premisa de que en realidad los egipcios “contaban los meses como años”, afirmación que le ha sido atribuida al matemático y astrónomo griego Eudoxo (c. 390 a.C. – c. 337 a.C.), y que vendría a avalar en boca de los atlantológos que la historia de la Atlántida habría acontecido en realidad dentro de un lapso temporal aceptable para historiadores y arqueólogos. Es a partir de este punto donde comenzaremos entonces a tirar de la cadena para que esta nos lleve al origen donde se encuentra el fundamento que sostiene tal afirmación.

La idea de que los egipcios utilizaban en su cronología un método de contabilizar su historia basada en la datación de la misma en miles de años que en realidad equivalían a meses lunares o lunaciones, atribuida en origen a Eudoxo de Cnidos, es presentada desde hace una década por los atlantólogos como un descubrimiento paleográfico extraordinario que aplicado a la cronología Atlántida metería a esta en parámetros racionales al rebajar sustancialmente el tiempo histórico en que se desarrolló según se cuenta en los Diálogos de Platón. Lo primero que habría que destacar al respecto de esta teoría, es que la supuesta genialidad del reciente descubrimiento de la alusión de Eudoxo a que los egipcios contaban sus meses como años no es tan reciente..

De hecho constituye en realidad el remanente de una antigua teoría ya enterrada y olvidada, que tuvo credibilidad entre el mundo académico entre el Renacimiento y el comienzo del siglo XX. Fue rescatada del olvido de la historia para el gran público por un periodista, investigador, y editor estadounidense a comienzos de este milenio, y presentada como un genial descubrimiento paleográfico que venía a otorgar definitivamente a la Atlántida el aval de ser una de las civilizaciones históricas y desaparecidas de la humanidad.

Lo que sigue es el análisis de los hechos que destapan el fraude de atribuir veracidad histórica a la afirmación de que los egipcios de tiempos faraónicos contaban su cronología en miles de años que equivalían a meses lunares o lunaciones.

Descubriendo a Eudoxo de Cnidos

Frank Joseph (*), escribió en un libro que sobre la Atántida publicó en 2002, “La destrucción de la Atlántida”, aerca de la teoría de que los egipcios podían haber contado sus años considerándolos como meses. Como autores de la Antigüedad en los que se basa para exponer dicha teoría cita a Eudoxo, Plutarco, Herodoto, Manetón, y Diódoro Sículo

El siguiente texto extraído de su libro se puede consultar en las páginas 200-201 de este enlace

Es posible que menos, si los sacerdotes egipcios utilizaron diferentes sistemas numéricos, como esotéricos o mágicos, así como otros métodos de calendario en su traducción, haciendo más arriesgada la tarea de calcular y recalcular apropiadamente el manuscrito original. Por lo tanto, cada vez que se refería a los valores numéricos, el trabajo de la traducción de la historia de la Atlántida estuvo lleno de un potencial error.

Los griegos, como nosotros mismos, utilizaron un calendario solar para computar la longitud de un año. Hace tan solo unos años, en 1952, el rey Faisal y su casa real utilizaban un calendario lunar como lo hicieron los faraones hace miles de años. Más cerca del período en cuestión, Eudoxo de Cnidos, uno de los primeros pioneros en la astronomía, que estudió en Egipto, descubrió la forma en que sus maestros, todos sacerdotes de varios templos, empleaban un calendario lunar. Plutarco, el historiador griego del siglo II a.C. escribió en Vidas, “al principio, el año egipcio, dicen, tenía solo un mes. Tienen el crédito de haber sido una de las naciones más antiguas e incluir en sus genealogías un prodigioso número de años que contenían meses, esto es, como años”. Herodoto, Manetón y Diódoro Sículo escribieron que lo que los egipcios querían decir era “mes/lunación” cuando hablaban de “años”.

Bailey escribe, “un antiguo uso semítico de la palabra año fue mes cuando la luna había sido el cuidador del hombre prehistórico y su año no significaba un ciclo solar, sino uno lunar.

(*) Periodista e investigador, editor principal de la revista Ancient American.

La teoría de Frank Joseph respecto a la cita de Eudoxo la cual avalaría que los antiguos egipcios contasen sus lunaciones o meses lunares como años ha servido de argumento en la última década a los atlantólogos para apoyar sus tesis historicistas respecto a la Atlántida. Pero lo que hizo este editor estadounidense no fue elaborar una nueva teoría en base a datos paleográficos recientemente descubiertos, sino sacarse del pozo de la historia una antigua teoría absolutamente sobrepasada por la egiptología moderna.

La rescató del siglo XIX y la hizo pasar ante el gran público por una nueva y esclarecedora hipótesis que aportaría luz histórica sobre la razón de que Platón emplease la fórmula “nueve mil años” en la narración de la cronología de su metahistoria oceánica.

Pero lo cierto es que ya un siglo antes de que Frank Joseph enunciara su teoría que tenía como centro al matemático griego Eudoxo de Cnidos, un historiador alemán llamado Eduard Meyer (1855 – 1930), había descubierto en 1904 que método de datación cronológica utilizaban los egipcios del tiempo de los faraones. Combinando cálculos astronómicos con el estudio de antiguos textos y datos arqueológicos, sentó las bases de una cronología del Antiguo Egipto basada en los años de reinado de los faraones. Los antiguos egipcios no fechaban pues los acontecimientos históricos fijándolos en una cronología general y por lo tanto fija, sino que lo hacían tomando como referencia los años de reinado de cada faraón.

El paprio Lahun, por ejemplo, da una fecha dentro del reinado del faraón Sesostris III (c. 1872 – c. 1853), de la Dinastía XII. Mil trescientos años de Solón era ya evidente que los egipcios fechaban los acontecimientos históricos aplicando el método de “año de reinado del faraón”. Eduard Meyer descubrió que los egipcios aplicaban este método de datación en 1904, hecho que obviamente los autores anteriores a este descubrimiento desconocían, pero que no puede ser ignorado por los atlantológos que en la actualidad justifican la historicidad de la Atlántida de Platón en la teoría eudoxiana de que “los egipcios contaban sus meses lunares o lunaciones como años”..

Pero la teoría rescatada por Frank Joseph del siglo XIX y disfrazada de novedad en el XX, ni tan siquiera es original de ese siglo.

La realidad es demoledora..

Lo cierto es que ya era conocida y esbozada en el siglo XVI, en plena efervescencia del renacimiento. Lo cuenta el que fue profesor de la Universidad de Osuna, catedrático, y rector de la Universidad de México Francisco Cervantes de Salazar (Toledo, c. 1514 – México, 1575), que entre 1557 y 1564 escribió una historia de la conquista de América a instancias del rey Felipe II llamada “Crónica de la Nueva España”, donde en el “LIBRO I. ARGUMENTO Y SUMARIO DEL PRIMERO LIBRO DE ESTA CRONICA”, escribió en el “CAPITULO II. LA NOTICIA CONFUSA QUE EL DIVINO PLATON TUVO DE ESTE NUEVO MUNDO”, el siguiente texto:

Hasta aquí habla Platón, aunque poco más abajo dice “que nueve mil años antes que aquello se escribiese, sucedió tan grande pujanza de aguas en aquel paraje que en un día y una noche anegó toda la isla, hundiendo la tierra y gentes, y que después aquel mar quedó con tantas ciénagas y bajíos, que nunca más por ella habían podido navegar ni pasar a las otras islas ni a la tierra firme de que arriba se hace mención”.

Esta historia dicen todos los que escriben sobre Platón que fue escrita y verdadera, de tal manera, que los más de ellos, especialmente Marsilio Ficino y Platina, no quieren admitir que tenga sentido alegórico, aunque algunos se lo dan, como lo refiere el mismo Marsilio en las Annotaciones sobre el Thimeo, y no es argumento para ser fabuloso lo que allí se dice de los nueve mil años; porque, según Pudoxio, aquellos años se entendían, según la cuenta de los egipcios, lunares y no solares, por manera que eran nueve mil meses, que son siete cientos y cincuenta años.

La cita se puede encontrar en la página 25 de este enlace

El error de la consideración de los meses contados como años

En la referencia de Francisco Cervantes de Salazar a la teoría de Eudoxo se puede apreciar un error interpretativo de bulto.

Volvamos a leer el último párrafo del texto extraído arriba y observemos como dice:

“porque, según Pudoxio, aquellos años se entendían, según la cuenta de los egipcios, lunares y no solares, por manera que eran nueve mil meses, que son siete cientos y cincuenta años.”

Años lunares y no solares refiere Cervantes de Salazar. A partir de esta premisa, el catedrático español infiere que de la alusión de Pudoxio (Eudoxo de Cnidos) a años lunares se deduce que estos equivaldrían a lunaciones. Según el diccionario de astronomía la definición de este acontecimiento sería como sigue:

La lunación, también llamada mes sinódico, es el período que transcurre entre dos idénticas fases de la Luna, por ejemplo dos Lunas llenas.

Equivale a veintinueve días, doce horas, cuarenta y cuatro minutos y tres segundos o, más simplemente, aproximadamente 29,5 días.

La mayor parte de los calendarios de la antiguadad se basaron en la lunación para medir el tiempo. La lunación es, pues, el origen de los meses.

Pero lo cierto es que el año lunar que utilizaban algunos pueblos del Creciente Fértil en el segundo y primer milenio a.C. en modo alguno significaba que esos años lunares eran equivalentes a meses lunares o lunaciones. Un año lunar es aquel que como referencia astronómica para su ciclo de rotación toma el período de tiempo que tarda la Luna en girar alrededor de la Tierra, esto es, 354 días aproximadamente.

Veamos como como a comienzos de este milenio el mismo Frank Joseph se hace eco de este error interpretativo de Francisco Fernández de Salazar y lo hace suyo, revistiéndolo de verdad científica:

Bailey escribe, “un antiguo uso semítico de la palabra año fue mes cuando la luna había sido el cuidador del hombre prehistórico y su año no significaba un ciclo solar, sino uno lunar. (ver más arriba en enlace a la obra de Frank Joseph)

Al hacer esta cita para justificar su teoría enunciada en el siglo XVI por Fernández de Salazar, el editor estadounidense está sacando de contexto una afirmación científica que habla de prehistoria, y que además ni siquiera lo hace de la de Egipto, sino de la de las tribus nómadas semíticas que habitaban al este de la península del Sinaí. En la prehistoria, cuando había una organización tribal nómada, y no se conocía la agricultura ni el pastoreo, actividades ambas que implicaron el establecimiento de ciclos estacionales condicionados por el Sol y la Luna, las tribus podían limitarse a medir el tiempo por lunaciones, ya que no necesitaban conocer de ciclos agrícolas ni del ciclo de reverdecer de los pastos de los cuales se nutrían sus rebaños.

Diodoro Sículo y el mes o los cuatro meses equivalentes a un año

Si seguimos tirando de la cadena, podemos remontarnos a un debate que se generó ya en la época clásica, cuando era habitual que algunos autores de este período debatían acerca de la inverosimilitud en lo que respectaba a los enormes lapsos temporales que los egipcios otorgaban..¡a sus dioses!.

SAGRADA BIBLIA

En latín y español

Con notas Literales, críticas e históricas, Sacadas del Comentario de d. Agustín Calmet, Abad de Senopes, del Abad Vence y de los más célebres autores, para facilitar la inteligencia de la Santa Escritura. Primera edición mexicana Enteramente conforme a la cuarta y última francesa del año de 1820.

XIV. Antigüedades de los Egipcios: su historia

La relación de los antiguos nombre de Egipto con lo que de el dicen los libros sagrados, muestra admirablemente la verdad de estos mismos libros, y refuta los delirios de los Egipcios; porque se sabe sin poderlo dudar, que desde Cam hasta Alejandro el Grande, no puede haber con mucha diferencia un tiempo tan largo, como quieren Maneton y la crónica egipcia.

Cuando hubiere un fundamento que nos obligara a admitir el número de años y de dinástias referidas en aquella crónica, todavía habría respuestas que dar a la excesiva antigüedad que pretenden los Egipcios. Primeramente sostiene algunos que los antiguos años de los Egipcios no eran tan largos como los nuestros. Pelafato (1) dice que al principio contaban ellos los gobiernos de sus reyes por días solamente, después de la muerte de Vulcano, Hélios su hijo reinó cuatro mil setenta y siete días, que hacen dos años comunes, tres meses y algunos días. ¿Quién nos asegurará que los autores egipcios de los tiempos posteriores para ponderar el número de los años de sus príncipes, y para sostener a expensas de la verdad su antigüedad pretendida, no han puesto años e lugar de días?.

Diodoro de Sicilia (Diodoro Sículo) dice que los Egipcios nos cuentan fábulas cuando aseguran que los primeros de sus dioses reinaron cada uno en Egipto o a lo menos mil doscientos años y los menos antiguos trescientos años por lo menos; de modo que desde el reino de Hélios o del sol, hasta el paso de Alejandro el Grande a el Asia, cuentan veinte y dos mil años. Añade pues que excediendo este número toda creencia, algunas personas sostienen para excusar a los Egipcios que antes de fijar el año en doce meses según el curso del sol, le daban un solo mes conformándose con el curso de la luna, así los mil doscientos años del reinado de cada dios se reducirían a mil doscientos meses, o cien años. Dicen también que habiendo posteriormente los Egipcios dado a sus años cuatro meses, dijeron que sus reyes habían reinado cada uno trescientos años, que hacen mil doscientos meses o cien años. Así quedaría reducida a una duración menos distante de la razón la excesiva antigüedad de las dinastías egipcias. Censorino (3) piensa que el antiguo año egipcio era de dos meses, que el rey Pison lo estableció de cuatro, y que luego lo fijó en doce.

Pero es muy dudoso que los años egipcios hayan sido tan imperfectos; en otra parte hablaremos de esto. No insistiremos pues en el argumento que se pretende sacar de aquí.

El texto se puede visualizar en las páginas 143 y 144 de este enlace

El siguiente párrafo extraído del texto mencionado es significativo respecto a las razones del debate gestado en torno a los inmensos lapsos de tiempo atribuidos por los egipcios a sus dioses. Se trata de buscar en ello una lógica que no tiene.

Añade pues (Diodoro Sículo, siglo I a.C.) que excediendo este número toda creencia, algunas personas sostienen para excusar a los Egipcios que antes de fijar el año en doce meses según el curso del sol, le daban un solo mes conformándose con el curso de la luna, así los mil doscientos años del reinado de cada dios se reducirían a mil doscientos meses, o cien años. Dicen también que habiendo posteriormente los Egipcios dado a sus años cuatro meses, dijeron que sus reyes habían reinado cada uno trescientos años, que hacen mil doscientos meses o cien años. Así quedaría reducida a una duración menos distante de la razón la excesiva antigüedad de las dinastías egipcias.

Podemos observar como una de las teorías alternativas de los atlantológos, la de los cuatro meses equivalentes a un año, está sacada también de la obra atribuida a Diodoro Sículo, aunque incluso en este caso se tergiversa lo que dice literalmente este autor clásico con la finalidad de reducir lo más posible la equivalencia en años de la expresión platónica referente a la cronología Atlántida de “nueve mil años”. Sículo nos dice cuando habla de la cronología atribuida a los dioses egipcios que se especulaba con que cada año del calendario de estos era igual a cuatro meses, pero los atlantológos hacen la operación matemática inversa a la que hace Diodoro. Este multiplica los trescientos años por cuatro meses, y luego lo divide entre los doce meses que tiene un año, dándole como resultado cien años.

La picaresca de los charlatanes de la atlantología, aun acogiéndose a esta teoría alternativa de los cuatro meses por año, es como sigue: toman los nueve mil años de Paltón, y en vez de multiplicarlos por cuatro meses y luego dividir el resultado por doce meses, lo que daría un resultado en meses solares de tres mil años, lo que hacen es dividir esos nueve mil años por cuatro meses, lo que da un resultado de..¡dos mil doscientos cincuenta  años!.

Todo ello sin tener en cuenta que el propio Diodoro Sículo lo que hace con estas teorías del mes o de los cuatro meses tomados como años es precisamente echarlas por los suelos. La mitología no tiene una base racional, forma parte del pensamiento religioso del ser humano, y como tal debe ser comprendido.

La dimensión mítica de los nueve mil años de Platón

¿Tiene algún sentido buscarle racionalidad a los nueve mil años de reinado de Ptah, según Manetón?.

El debate de los meses contados como años estuvo siempre en el pasado dirigido a especular con la lógica de los autores clásicos y helenísticos, que siempre se referían con ello a la dimensión mítica, no a la histórica. Si los 9.000 años de reinado de Ptah los transformamos en meses lunares y nos da por ello 727 años con nueve meses solares (según Manetón)..¿habríamos por ello encontrado de tal modo la lógica buscada?..

Desde comienzos del siglo XX se conoce como los antiguos egipcios fijaban sus acontecimientos históricos, situándolos en el año de un determinado faraón. La teoría de que los egipcios contaban sus meses como años es claramente errónea, viene de tiempos pretéritos, y está totalmente desmentida y sobrepasada por el conocimiento del que hoy en día disponemos en materia de egiptología. Las especulaciones de algunos autores clásicos y helenísticos respecto a que los egipcios podían contar sus lunaciones como años solo tenían contextualización dentro de la esfera mitológica, y dentro también de la psicología que embargaba a esos autores, a través de la cual consideraban que los milenios atribuidos a las divinidades debían tener, siempre desde su condicionada visión del mundo, una lógica racional.

Evidentemente, para una persona del siglo XXI los miles de años que los egipcios atribuían a sus dioses formaban parte de su psicología religiosa, y no hay que intentar buscarle lógica cronológica alguna. Sin embargo, los atlantológos utilizan el debate de aquellos autores de hace mas de dos mil años en torno al tiempo de los dioses del Nilo para buscarle racionalidad a los nueve mil años de la Atlántida de Platón.

Cuando ello dicen que los egipcios contaban sus meses como años, y que por ello aquellos nueve mil años del filosofo griego deben ser entendido como lunaciones, es entonces evidente que en su mente, el mito se reviste de realidad..la fábula de historia..

Pero lo cierto y constatado por la documentación histórica y arqueológica es que los egipcios nunca contaban su historia aludiendo de manera ambigua a lapsos temporales de miles de años, esto lo dejaban para su mitología. El único contexto en el que esto era posible se enmarcaba en el de los lapsos temporales referidos a los relatos mitológicos, es por ello pues que los “meses contados como años” solo podían tener viabilidad práctica en el contexto mítico. Las cronologías históricas egipcias, donde los acontecimientos eran fechados fijándolos en los años de reinado de cada faraón, no dejaban margen para que en ellas se aplicase el principio de “meses contados como años”.

La alusión de ciertos autores de la antigüedad clásica y helenística respecto de que los egipcios de tiempos faraónicos contaban meses como años, no tiene pues base en el calendario egipcio. Es una especulación de estos autores constatada, según su percepción, a partir de los tiempos contados en miles de años que los egipcios atribuían a sus dioses.

Si los egipcios decían que sus dioses y héroes habían reinado 24.925 años, había autores clásicos y helenísticos que consideraban que como estos debieran haber tenido existencia real, los egipcios tendrían que haber contado entonces sus años por años lunares, años lunares que estos autores entendían como lunaciones, esto es, meses lunares, y no como ciclos de doce lunaciones o años lunares. Todo no más que un enorme despropósito.

Al respecto, Manetón (finales del siglo IV – mediados del siglo III a.C.) escribió:

El tiempo máximo es de 11.000 años, pero de años lunares, esto es, de meses. Más el reinado, a decir verdad, a que se refieren los egipcios, de los dioses, de los héroes y de los espíritus de los muertos alcanza un total de 24.900 años lunares, que equivalen a 2.206 años solares. (Manetón – “La historia de Egipto”, Libro I, del capítulo “Desde el origen del mundo hasta el primer rey humano”)

Es un ejemplo de autor que cita la creencia de que los egipcios de tiempos faraónicos contaban sus meses como años, creencia que proviene de la premisa racional, desde el punto de vista del autor, de que los egipcios debían tener una lógica histórica para otorgar esos miles de años a sus cronologías divinas.

Los textos en los que estos autores conciben las cronologías divinas como históricamente reales, constituyen la premisa mental que determina la constatación especulativa de considerar “meses contados como años” atribuidos por estos autores a las cronologías egipcias.

Es significativo que los autores clásicos y helenísticos están entonces considerando que los egipcios aplicaban esos milenarios lapsos temporales a sus dioses..

¿Consideraban entonces los autores clásicos y helenísticos que identificaban los “nueve mil años” como meses contados como años, que la historia de la Atlántida de Platón era un relato asociado al tiempo de los dioses?..

Los nueve mil años como alegoría del tiempo de la ausencia en la obra de Platón

El descubrimiento del papiro Carlsberg 9, fechado en 144 d.C., permitió conocer a los egiptólogos que los sacerdotes egipcios seguían un ciclo de lunaciones que les permitía situar las festividades en el calendario civil. Constaba este de 309 lunaciones que rotaban en un ciclo equivalente a  25 años solares, método cíclico usado desde fuentes muy antiguas que contabilizado en días suponían 9.125.

Los meses lunares constaban unos de 29 días y otros de 30.

– 25 años solares x 365 días = 9.125 días

– 309 lunaciones x 29,53 días = 9.125 días

Pero si pasamos los 25 años a meses solares, descontando los 5 días epagómenos que fueron añadidos posteriormente para equilibrar el desfase con el ciclo astronómico solar, tendremos 300 meses de 30 días cada uno, lo que nos daría un total de 9.000 días..

En el lenguaje alegórico, los nueve mil días aludían a un tiempo místico de sumergimiento en el olvido y ausencia del ser amado. Se correspondía con la simbología del año concebido antes del nacimiento de Osiris, los trescientos meses transforman sus días en años, que suman entonces 9000, con la intención de señalar a un tiempo que se ha perdido en la memoria, un tiempo con ausencia de conocimiento, un tiempo en ausencia de amor..

Plutarco (c. 48 – c. 120) relata la versión en griego más conocida de este relato mitológico que narra el cuento de amor entre Isis y Osiris, fábula que por otra parte ya aparecía testificada en escritos muy antiguos plasmados en los Textos de las Pirámides.

XI (Ultimo párrafo)

Por tanto, si tomas y aceptas lo que se dice de los dioses proveniente de la interpretación que de ellos hacen quienes saben ver lo reverente y lo filosófico, sidas cumplimiento a las ordenanzas sacerdotales cumpliendo todos los ritos, y con la creencia cierta de que nada podría ser de más agrado a los dioses que cumplir sus ritos desde el conocimiento verdadero, podrás evitar un mal que es incluso peor que el ateísmo: la superstición.

XII

Te relataré ahora el mito prescindiendo, con el mayor de los cuidados, de cuanto hay en él de superfluo e inútil, a fin de que sea lo más breve posible. Según se cuenta, Rhea tuvo cierta unión secreta con Cronos, y el Sol, teniendo conocimiento de su entendimiento, alzó una invectiva contra ella diciendo: No darás a luz durante el mes ni durante el año (1).

No obstante, estaba Hermes enamorado de ella, y había tenido relación, por lo que se dirigió a la Luna, y jugó con ella a los dados. Mediante el juego, le arrebató la septuagésima parte de cada día de su aparición. A base de jugar, consiguió reunir cinco días, los cuales los añadió a los trescientos sesenta (2). A estos cinco días, los egipcios los llaman Epagómenos, que significa adicionales, y durante estos días celebran el nacimiento de los dioses (3). En decir del pueblo egipcio, el primer día nació Osiris (4) y, mientras nacía, oyóse una voz que decía: El Señor de todo cuanto hay, nace en la luz. En aquel tiempo había en Tebas cierto Pamylés que se hallaba extrayendo agua de un pozo, cuando oyó una voz que le pedía que gritase con todas sus fuerzas: El gran rey y benefactor Osiris acaba de nacer. (Texto extraído del “Tratado de Isis y Osiris” de Plutarco, XI (último párrafo) y XII)

La historia mitológica de Isis y Osiris sienta las bases para conocer la primitiva concepción del calendario egipcio.

Este era de 12 meses de treinta días, por lo que el año egipcio tenía 360 días. Pero aplicando este calendario, los egipcios se terminaron percatando de que cada año se producía un desfase de 5 días respecto del año estacional. Por ello idearon una explicación mitológica que justificase desde un punto de vista religioso el que al año establecido por los dioses de 360 días se le añadiesen otros 5 días más, a los que llamaron epagómenos, que según Plutarco significa adicionales.

Itemu (Atum) descubrió que Nut, diosa del cielo y los astros, y Geb, dios de la tierra (Rea y Cronos en la versión de Plutarco), estaban teniendo una relación amorosa de una pasión tal que provocó que el mundo se quedase sin aire. Itemu ordenó entonces a su hijo Shu, dios del aire, que separase a los amantes, y así este lo hizo.

Pero para entonces Nut ya estaba embarazada, por lo que Itemu se llenó de ira. Para vengarse de Nut, le ordenó no dar a luz durante “el mes” ni durante “el año” (1).

Entonces interviene Dyehuty, Thot para los griegos, dios de la sabiduría (Hermes en la versión de Plutarco), que se pone a jugar una partida a un juego con Jonsu, diosa de la La Luna , con la intención de ayudar a su hermana Nut, pues el premio para el vencedor habría de consistir en el otorgamiento de un tiempo extra que estuviese “fuera del mes y del año”.

Dyehuty consiguió arrebatar a la Luna la septuagésima parte del tiempo en que esta se aparecía durante los trescientos sesenta días del año (2), o sea, el equivalente a 5 días (360/70).

Dyehuty entregó estos cinco días ganados a la luna, epagómenos, a su hermana Nut, que aprovechó esos días para dar a luz a sus hijos, y de esa manera no saltarse la prohibición de Atum que la conminaba a no dar a luz durante el mes ni durante el año (1).

Tuvo un hijo por cada día epagómeno, en el siguiente orden, Osiris, Horus, Set, Isis y Neftis, y por esa razón en esos días pasaron a celebrarse el nacimiento de los dioses (3).

Por ello para los egipcios Osiris habría nacido el primero de esos días epagómenos (4), es decir, que lo habría hecho fuera de los meses y del año propiamente dichos..

Es por esta razón que en el primitivo calendario religioso egipcio, antes de que “el año” se viese ampliado por los 5 días epagómenos, los meses por si solos configuraban años exactos..12 meses de 30 días, un año de 360 días..

Platón toma el ciclo de 309 lunaciones equivalentes a 25 años, según el calendario egipcio, y los trasforma en los 300 que resultan metamorfoseados en los nueve mil años de su cronología Atlántida.

La intimidad con el no enamorado, que se mezcla con una moderación mortal, que dispensa mortalidades y mezquindades, y que produce en el alma amiga un servilismo aplaudido por las masas como virtud, le garantizará a ella nueve mil años sin entendimiento, rodando en torno a la tierra y bajo esta‛ (Diálogos de Platón – Fedro 256 e4 – 257 a2)

Como contabilizaban los egipcios los acontecimientos en su calendario

Ciertamente las fuentes griegas no son del todo fiables, pues  incluso a veces, en lo que se refiere a la religión de los egipcios, falsificaban intencionadamente los fundamentos de esta. Pero existe una segunda fuente de información que proviene de la traducción directa de los antiguos textos egipcios, gracias al desciframiento de Champollion. A través de la moderna egiptología disponemos hoy en día de un conocimiento muy valioso acerca de la antigua religión egipcia. De hecho estas fuentes egiptológicas contemporáneas son mucho más fiables y precisas como fuente de conocimiento del antiguo Egipto que las griegas o latinas clásicas.

La documentación arqueológica disponible nos permite conocer como Ramsés III detuvo una invasión de los Pueblos del Mar en el año octavo de su reinado, o como Merneptah venció a una coalición de libios y Pueblos del Mar..

“Año quinto, tercer mes de la estación shemu, día 3, bajo la Majestad de Horus: Toro poderoso, que se alegra con Maat. Rey del Alto y del Bajo Egipto: Morueco de Ra, amado de Amón. Hijo de Re: Merenptah, que está satisfecho a causa de Maat. (texto extraído de la Estela de Israel)

Los atlantólogos obvian los avances generados por la egiptología a partir de comienzos del siglo XX, y se remiten a viejas teorías vigentes hasta el pasado siglo XIX, a las que falsamente revisten de “teorías modernas” para otorgar supuesta veracidad histórica al relato de Platón sobre Atlántida. En esta remisión a teorías del siglo XIX está la base de su manipulación. Con ello los atlantólogos han creado una “ilusión” de veracidad histórica de la Atlántida ante el gran público.

El sensacionalismo mercantilista genera mucho dinero..pero lo cierto es que la Atlántida nada tiene que ver con la ciencia histórica ni arqueológica. Francisco Cervantes de Salazar (1514 – 1575), desconocía este método de datación vigente entre los antiguos egipcios cuando en su obra “Crónica de la Nueva España (escrita entre 1557 y 1564), consideró la posibilidad de que la alusión de Platón a los “nueve mil años”, se debiese a que los egipcios pudiesen dar fechas fijas que podían ser consideradas en meses tomados como años. El ignoraba en ese entonces lo que en 1904 acabó descubriendo el historiador alemán Eduard Meyer, que el tiempo con el que los egipcios aludían a lapsos temporales inverosímiles era el que se refería a la cronología mística de sus dioses, no a la cronología que hablaba de sus acontecimientos históricos.

Epílogo

Manetón atribuye “nueve mil años” al reinado de Hefestos (nombre egipcio Ptah, nombre romano Vulcano), lapsos temporales que siempre son atribuidos a la dimensión mítica, nunca a la histórica..

Según la versión de Sincelo (Jorge el Monje, finales del siglo VIII – principios del siglo IX).

 (CESAR VIDAL MANZANARES, 19 – TOMO I, DINASTÍAS DE DIOSES, SEMIDIOSES Y ESPÍRITUS DE LOS

MUERTOS – fr. 3, de Sincelo)

 Sobre la Antigüedad de Egipto

Manetón de Sebennito, sumo sacerdote de los malditos templos egipcios, que vivió

después de Beroso, en la época de Ptolomeo Filadelfo, escribe a este Ptolomeo el mismo

tipo de mentiras que Beroso, en relación a seis dinastías o seis dioses que nunca

existieron. Estos, según dice él, reinaron durante 11.985 años. El primero de ellos, el

dios Hefestos, fue rey durante 9.000 años. Ahora bien, algunos de nuestros

historiadores, que consideran estos 9.000 años como si se tratara del mismo número de

meses lunares, y que dividen el número de días de 9.000 meses lunares por los 365 días

que tiene el año, obtienen un total de 727 años y nueve meses. Imaginan éstos que han

alcanzado un resultado magnífico, cuando más bien debería señalarse que se trata de

una lamentable falsedad que han intentado oponer a la verdad.

La Primera Dinastía de Egipto. – 1.  Hefesto reinó 727 años y 9 meses.

Diodoro Sículo y los meses egipcios contados como años

El debate en torno a como los egipcios de la época de los faraones contaban sus años se remonta a la Antigüedad Clásica, cuando algunos autores apreciaban inverosimilitud en los enormes lapsos temporales que los egipcios otorgaba a sus dioses.

SAGRADA BIBLIA

En latín y español

Con notas

Literales, críticas e históricas

Sacadas del Comentario de d. Agustín Calmet, Abad de Senopes, del Abad Vence

y de los más célebres autores, para facilitar la inteligencia de la Santa Escritura.

Primera edición mexicana

Enteramente conforme a la cuarta y última francesa del año de 1820.

XIV. Antigüedades de los Egipcios: su historia

La relación de los antiguos nombre de Egipto con lo que de el dicen los libros sagrados, muestra admirablemente la verdad de estos mismos libros, y refuta los delirios de los Egipcios; porque se sabe sin poderlo dudar, que desde Cam hasta Alejandro el Grande, no puede haber con mucha diferencia un tiempo tan largo, como quieren Maneton y la crónica egipcia.

Cuando hubiere un fundamento que nos obligara a admitir el número de años y de dinástias referidas en aquella crónica, todavía habría respuestas que dar a la excesiva antigüedad que pretenden los Egipcios. Primeramente sostiene algunos que los antiguos años de los Egipcios no eran tan largos como los nuestros. Pelafato (1) dice que al principio contaban ellos los gobiernos de sus reyes por días solamente, después de la muerte de Vulcano, Hélios su hijo reinó cuatro mil setenta y siete días, que hacen dos años comunes, tres meses y algunos días. ¿Quién nos asegurará que los autores egipcios de los tiempos posteriores para ponderar el número de los años de sus príncipes, y para sostener a expensas de la verdad su antigüedad pretendida, no han puesto años e lugar de días?.

Diodoro de Sicilia (Diodoro Sículo) dice que los Egipcios nos cuentan fábulas cuando aseguran que los primeros de sus dioses reinaron cada uno en Egipto o a lo menos mil doscientos años y los menos antiguos trescientos años por lo menos; de modo que desde el reino de Hélios o del sol, hasta el paso de Alejandro el Grande a el Asia, cuentan veinte y dos mil años. Añade pues que excediendo este número toda creencia, algunas personas sostienen para excusar a los Egipcios que antes de fijar el año en doce meses según el curso del sol, le daban un solo mes conformándose con el curso de la luna, así los mil doscientos años del reinado de cada dios se reducirían a mil doscientos meses, o cien años. Dicen también que habiendo posteriormente los Egipcios dado a sus años cuatro meses, dijeron que sus reyes habían reinado cada uno trescientos años, que hacen mil doscientos meses o cien años. Así quedaría reducida a una duración menos distante de la razón la excesiva antigüedad de las dinastías egipcias. Censorino (3) piensa que el antiguo año egipcio era de dos meses, que el rey Pison lo estableció de cuatro, y que luego lo fijó en doce.

Pero es muy dudoso que los años egipcios hayan sido tan imperfectos; en otra parte hablaremos de esto. No insistiremos pues en el argumento que se pretende sacar de aquí.

El texto se puede visualizar en las páginas 143 y 144 del enlace meses contados como años

El sigiente párrafo extraído del texto es significativo respecto a las razones del debate gestado en torno a los inmensos lapsos de tiempo atribuidos por los egipcios a sus dioses. Se trata de buscar en ello una lógica que no tiene.

Añade pues (Diodoro Sículo) que excediendo este número toda creencia, algunas personas sostienen para excusar a los Egipcios que antes de fijar el año en doce meses según el curso del sol, le daban un solo mes conformándose con el curso de la luna, así los mil doscientos años del reinado de cada dios se reducirían a mil doscientos meses, o cien años. Dicen también que habiendo posteriormente los Egipcios dado a sus años cuatro meses, dijeron que sus reyes habían reinado cada uno trescientos años, que hacen mil doscientos meses o cien años. Así quedaría reducida a una duración menos distante de la razón la excesiva antigüedad de las dinastías egipcias.

La mitología no tiene una base racional, forma parte del pensamiento religioso del ser humano, y como tal debe ser comprendido.

¿Tiene algún sentido buscarle racionalidad a los nueve mil años de reinado de Ptah (según Manetón)?.

El debate de los meses contados como años estuvo siempre en el pasado dirigido a especular con la lógica de los autores clásicos y helenísticos, que siempre se referían con ello a la dimensión mítica, no a la histórica.

Si los 9.000 años de reinado de Ptah los transformamos en meses lunares y nos da por ello 727 años con nueve meses solares (según Manetón)..¿habremos encontrado de tal modo la lógica buscada?..

Desde comienzos del siglo XX se conoce como los antiguos egipcios fijaban sus acontecimientos históricos, situándolos en el año de un determinado faraón.

La teoría de que los egipcios contaban sus meses como años es errónea, viene de tiempos pretéritos, y está totalmente desmentida y sobrepasada por el conocimiento del que hoy en día disponemos en materia de egiptología.

Las especulaciones de algunos autores clásicos y helenísticos respecto a que los egipcios podían contar sus lunaciones como años solo tenían contextualización dentro de la esfera mitológica, y dentro también de la psicología que embargaba a esos autores, a través de la cual consideraban que los milenios atribuidos a las divinidades debían tener, siempre desde su condicionada visión del mundo, una lógica racional.

Evidentemente, para una persona del siglo XXI los miles de años que los egipcios atribuían a sus dioses formaban parte de su psicología religiosa, y no hay que intentar buscarle lógica cronológica alguna.

Sin embargo, los atlantólogos utilizan el debate de aquellos autores de hace mas de dos mil  años en torno al tiempo de los dioses del Nilo para buscarle racionalidad a los nueve mil años de la Atlántida de Platón.

Ellos dicen que los egipcios contaban sus meses como años, y que por ello aquellos nueve mil años del filosofo griego deben ser entendido como lunaciones. Es entonces claro que en su mente, el mito se reviste de realidad..la fábula de historia..

Pero lo cierto y constatado por la documentación historica y arqueologica, es que los egipcios nunca contaban su historia aludiendo de manera ambigua a lapsos temporales de miles de años, esto lo dejaban para su mitología.

La manipulación del orden mítico

Una forma clara de manipulación de las consciencias consiste en el establecimiento de premisas, que siendo falsas en su planteamiento, se fijan en el subconsciente, y pasan a formar parte de la realidad objetiva y a ser aceptadas con naturalidad.

Obsérvese el ejemplo de los atlantólogos con respecto a su intención de utilizar las alegorías temporales de Platón para alterarlas en su conceptualización cronológica..

Toman los “nueve mil años” presentes en el relato de la Atlántida, y nos dicen:

Los autores de la antigüedad decían que los egipcios contaban los meses como años, por lo que cuando hablaban de “miles de años, en realidad querían decir “miles de meses”..

Inconscientemente, nuestra mente pasa a dar por hecho que realmente los egipcios hablaban de cosas como “hace x miles de años ocurrió esto” y “hace miles de años ocurrió aquello otro”..y empezamos a esforzarnos en interpretar que querían decir los egipcios cuando empleaban lapsos temporales de inverosímiles miles de años para referirse a sus cronologías históricas.

¿Pero acaso nos preguntamos si realmente es cierto que los egipcios hablaban en esos términos de su historia?.

Incluso personas que tienen conocimientos de egiptología y conocen perfectamente como aludían los egipcios a sus acontecimientos históricos, fijando estos en los años de reinado del faraón correspondiente, se dejan engañar por el poder magnético de la falsa premisa y se preguntan “por qué los egipcios decían que el suceso x había ocurrido en unos inverosímiles miles de años atrás”.

Simplemente con indagar un poco en su propio conocimiento se darían cuenta estas personas de que realmente los egipcios no hablaban de sus tiempos históricos en esos términos.

La premisa de que los egipcios aludían a sus hechos históricos contándolos en años que en realidad equivalían a meses es pues falsa desde su origen, pues no hay modo de racionalizarla al no existir contexto para ello.

Los lapsos temporales inverosímiles eran aplicados en la concepción egipcia para transmitir el relato mítico, nunca el histórico.

En los manipuladores de las consciencias, el orden mítico se superpone y confunde con el orden histórico..

El tiempo de la ausencia en la didáctica de Platón

En el lenguaje alegórico, con alusión a un tiempo sumido en el olvido, como corresponde a la simbología del año concebido antes del nacimiento de Osiris, los trescientos meses transforman sus días en años, que suman entonces 9000 años, con la intención de señalar a un tiempo que se ha perdido en la memoria, un tiempo con ausencia de conocimiento, un tiempo en ausencia de amor..

XI (Ultimo párrafo)

Por tanto, si tomas y aceptas lo que se dice de los dioses proveniente de la interpretación que de ellos hacen quienes saben ver lo reverente y lo filosófico, sidas cumplimiento a las ordenanzas sacerdotales cumpliendo todos los ritos, y con la creencia cierta de que nada podría ser de más agrado a los dioses que cumplir sus ritos desde el conocimiento verdadero, podrás evitar un mal que es incluso peor que el ateísmo: la superstición.

XII

Te relataré ahora el mito prescindiendo, con el mayor de los cuidados, de cuanto hay en él de superfluo e inútil, a fin de que sea lo más breve posible. Según se cuenta, Rhea tuvo cierta unión secreta con Cronos, y el Sol, teniendo conocimiento de su entendimiento, alzó una invectiva contra ella diciendo: No darás a luz durante el mes ni durante el año (1).

No obstante, estaba Hermes enamorado de ella, y había tenido relación, por lo que se dirigió a la Luna, y jugó con ella a los dados. Mediante el juego, le arrebató la septuagésima parte de cada día de su aparición. A base de jugar, consiguió reunir cinco días, los cuales los añadió a los trescientos sesenta (2). A estos cinco días, los egipcios los llaman Epagómenos, que significa adicionales, y durante estos días celebran el nacimiento de los dioses (3). En decir del pueblo egipcio, el primer día nació Osiris (4) y, mientras nacía, oyóse una voz que decía: El Señor de todo cuanto hay, nace en la luz. En aquel tiempo había en Tebas cierto Pamylés que se hallaba extrayendo agua de un pozo, cuando oyó una voz que le pedía que gritase con todas sus fuerzas: El gran rey y benefactor Osiris acaba de nacer.

El texto está extraído del “Tratado de Isis y Osiris” de Plutarco (c. 48 – c. 120), que es la versión griega más conocida de este relato mitológico recogido desde tiempos muy antiguos en los Textos de las Pirámides.

La historia mitológica de Isis y Osiris sienta las bases para conocer la primitiva concepción del calendario egipcio.

Este era de 12 meses de treinta días, por lo que el año egipcio tenía 360 días. Pero aplicando este calendario, los egipcios se terminaron percatando de que cada año se producía un desfase de 5 días respecto del año estacional. Por ello idearon una explicación mitológica que justificase desde un punto de vista religioso el que al año establecido por los dioses de 360 días se le añadiesen otros 5 días más, a los que llamaron epagómenos, que según Plutarco significa adicionales.

Itemu (Atum) descubrió que Nut, diosa del cielo y los astros, y Geb, dios de la tierra (Rea y Cronos en la versión de Plutarco), estaban teniendo una relación amorosa de una pasión tal que provocó que el mundo se quedase sin aire. Itemu ordenó entonces a su hijo Shu, dios del aire, que separase a los amantes, y así este lo hizo.

Pero para entonces Nut ya estaba embarazada, por lo que Itemu se llenó de ira. Para vengarse de Nut, le ordenó no dar a luz durante “el mes” ni durante “el año” (1).

Entonces interviene Dyehuty, Thot para los griegos, dios de la sabiduría (Hermes en la versión de Plutarco), que se pone a jugar una partida a un juego con Jonsu, diosa de la La Luna , con la intención de ayudar a su hermana Nut, pues el premio para el vencedor habría de consistir en el otorgamiento de un tiempo extra que estuviese “fuera del mes y del año”.

Dyehuty consiguió arrebatar a la Luna la septuagésima parte del tiempo en que esta se aparecía durante los trescientos sesenta días del año (2), o sea, el equivalente a 5 días (360/70).

Dyehuty entregó estos cinco días ganados a la luna, epagómenos, a su hermana Nut, que aprovechó esos días para dar a luz a sus hijos, y de esa manera no saltarse la prohibición de Atum que la conminaba a no dar a luz durante el mes ni durante el año (1).

Tuvo un hijo por cada día epagómeno, en el siguiente orden, Osiris, Horus, Set, Isis y Neftis, y por esa razón en  esos días pasaron a celebrarse el nacimiento de los dioses (3).

Por ello para los egipcios Osiris habría nacido el primero de esos días epagómenos (4), es decir, que lo habría hecho fuera de los meses y del año propiamente dichos..

Es por esta razón que en el primitivo calendario religioso egipcio, antes de que “el año” se viese ampliado por los 5 días epagómenos, los meses por si solos configuraban años exactos..12 meses de 30 días, un año de 360 días..

Platón, en los nueve mil años de su cronología Atlántida,  toma el ciclo de 309 lunaciones equivalentes a 25 años, según el calendario egipcio, y lo trasforma en los 300 meses que se incluirían en esos 25 años.

En el lenguaje alegórico, con alusión a un tiempo sumido en el olvido, como corresponde a la simbología del año concebido antes del nacimiento de Osiris, los trescientos meses transforman sus días en años, que suman entonces 9000 años, con la intención de señalar a un tiempo que se ha perdido en la memoria, un tiempo con ausencia de conocimiento, un tiempo en ausencia de amor..

La intimidad con el no enamorado, que se mezcla con una moderación mortal, que dispensa mortalidades y mezquindades, y que produce en el alma amiga un servilismo aplaudido por las masas como virtud, le garantizará a ella nueve mil años sin entendimiento, rodando en torno a la tierra y bajo esta‛ (Platón – Fedro 256 e4 – 257 a2)