La crucifixión de Jesús entre la confusión de las pascuas

En los evangelios canónicos se habla de dos festividades de Pascua en el relato que cuenta los sucesos justamente anteriores y posteriores a la crucifixión de Jesús.

Una Primera Pascua se correspondería con la celebración de la Ultima Cena, y una Segunda Pascua lo haría con la que comenzaría justo después de la puesta de sol que precedió a la muerte en la cruz de Jesús, según el relato canónico, y su introducción en el sepulcro.

En el relato de las horas que precedieron y sucedieron al momento de la crucifixión se habla entonces de dos pascuas.

¿Tiene esto algún sentido?.

Lo tiene si consideramos que lo de la celebración de dos pascuas judías en dos días sucesivos fue una práctica que comenzó a implementarse tiempo después de la destrucción del Templo en el 70 d.C. y la consecuente diáspora que esta conllevó, siempre según el relato tradicional.

Los judíos de la diáspora se negaban a comer el cordero en el día señalado para la Pascua, y mientras no estuviesen en Palestina se decidieron a comerlo al día siguiente al del establecido para la Pascua tradicional.

Con el tiempo se llegaron a mezclar, entre los judíos de la diáspora, las dos celebraciones pascuales que debían acontecer el 14 de Nisán para los judíos palestinos, y el 15 para los que vivían fuera de la Palestina histórica.

17 El primer día de los Azimos, los discípulos se acercaron a Jesús y le dijeron: «¿Dónde quieres que te hagamos los preparativos para comer el cordero de Pascua?»

18 El les dijo: «Id a la ciudad, a casa de fulano, y decidle: “El Maestro dice: Mi tiempo está cerca; en tu casa voy a celebrar la Pascua con mis discípulos.”»

19 Los discípulos hicieron lo que Jesús les había mandado, y prepararon la Pascua.

20 Al atardecer, se puso a la mesa con los Doce. (Mateo 26, 17-20)

Mientras que entre los judíos de Palestina la festividad de los ázimos duraba siete días,  entre los judíos de la diáspora lo hacía durante ocho.

Esto era debido precisamente a que el Séder o cena pascual tenía lugar el 14 de Nisán entre los judíos de Palestina y el 15 entre los de fuera de ella. De tal modo que los judíos de la diáspora contaban sus siete días ázimos a partir del de su Séder, el 15 de Nisán, pero como también añadían el Séder tradicional, el de 14 de Nisán, establecieron por ello una semana pascual de ocho días, en lugar de la de siete días que tenían los judíos palestinos.

Pascua solo había una, celebrada el primer día de los siete días ázimos entre los judíos palestinos, y el segundo de estos días entre los de la diáspora, segundo que en realidad para ellos se correspondía con el primero de su semana ázima, por lo que lo de la “semana pascual” es una forma de aludir en realidad a la “semana de los días ázimos”, condicionada porque esta comenzaba con el Séder de Pesaj..

Los judíos de la diáspora, al sumar a sus siete días ázimos el día anterior en que acontecía la celebración de la Pascua tradicional en Palestina, sumaban ocho días ázimos..

El relato de Mateo cuenta unas líneas más adelante lo que aconteció el día después de que tuviese lugar la crucifixión y de que el cuerpo de Jesús fuese depositado en el sepulcro:

62 Al otro día, el siguiente a la Parasceve (preparación para la festividad de Pascua), los sumos sacerdotes y los fariseos se reunieron ante Pilato

63 y le dijeron: «Señor, recordamos que ese impostor dijo cuando aún vivía: “A los tres días resucitaré.”

64 Manda, pues, que quede asegurado el sepulcro hasta el tercer día, no sea que vengan sus discípulos, lo roben y digan luego al pueblo: “Resucitó de entre los muertos”, y la última impostura sea peor que la primera.»

65 Pilato les dijo: «Tenéis una guardia. Id, aseguradlo como sabéis.»

66 Ellos fueron y aseguraron el sepulcro, sellando la piedra y poniendo la guardia. (Mateo 27, 62-66)

Evidentemente, los autores de los evangelios canónicos al elaborar el relato de la Pasión de Jesús proyectaron sobre el mismo sus propias concepciones mentales, que lógicamente eran válidas para su tiempo y ubicación geográfica, pero no para el tiempo ni la ubicación geográfica de Jesús.

Sobre el mito de Abraham

La ausencia de documentación histórica y arqueológica que respalde la historicidad de los profetas nombrados en el Antiguo Testamento, ha sido frecuentemente fuente de controversias entre quienes se atienden a los aportes de las evidencias científicas, y quienes por sus creencias religiosas consideran que a pesar de la ausencia de prueba científica alguna, los mitos veterotestamentarios fueron hechos históricos reales.

En este sentido, surge de cuando en cuando quien recurre a una supuesta evidencia histórica o arqueológica para afirmar que aquello que dice su creencia religiosa sobre sus personajes o sucesos míticos, ha sido constatado por fin científicamente.

Una de estas historias de creencia religiosa que intenta apoderarse de un descubrimiento científico, se entrecruzó con unas tablillas de barro que contenían escrituras cuneiformes, y que fueron descubiertas hace unas décadas en una región cercana a la Palestina histórica.

La manipulación estaba servida.

Los imposibles profetas de las tablillas de Ebla

El asentamiento de Ebla, situado en la Siria septentrional, se remonta a comienzos del III milenio a.C., pero su transformación en un reino con capacidad expansiva no acontece hasta cerca del 2.400 a.C., tiempo que se corresponde con el período en el que se han datado las tablillas más antiguas.

Hacia el 2.250 a.C. Ebla es saqueada por invasores acadios, hecho que supuso el fin cultural del reino debido a que a partir de entonces cayó en desuso tanto la lengua eblita como la sumeria, idiomas ambos en los que estaban grabadas las tablillas. La lengua del reino fue entonces sustituida por la de los invasores acadios.

La decadencia cultural después del saqueo del reino por los acadios de Naram-Sin no supuso sin embargo su desaparición como entidad política, pues el reino fue posteriormente restaurado. Sufrió otra invasión amorrita hacia mediados del XIX a.C.  que tampoco supuso su desaparición política, aunque en el plano cultural nunca volvió a resurgir su antiguo esplendor.

El período de pervivencia política aunque de decadencia cultural se extendió desde la invasión acadia hacia el 2.250 a.C. hasta la de los hititas en torno a 1.650 a.C.. Durante ese tiempo fue el idioma acadio, y en menor medida el amorrita, el que hizo de lengua oficial del reino de Ebla.

Tras la invasión hitita en 1.650 a.C. se cierra definitivamente la historia política del reino de Ebla.

Este escueto resumen alusivo a la historia de las tablillas de Ebla viene a razón de establecer un marco cronológico para las mismas, en base a los datos aportados hasta el momento por la documentación histórica y arqueológica disponible.

Dado que las tablillas fueron redactadas en eblita y sumerio, estas no pueden recoger acontecimientos fechados con posterioridad al 2.250 aproximadamente. La caída en desuso de una y otra lengua traza una línea divisoria que viene ha indicar que con posterioridad al 2.250 no se volvió a escribir en eblita ni sumerio sobre las tablillas hasta ahora conocidas.

No obstante esta constatación arqueológica, hay quien dice que en estas tablillas se han encontrado tres nombres que han sido identificados con otros tantos profetas bíblicos anteriores al visionario José.

Estos tres personajes que se encuentran mencionados tanto en la Biblia como en el Corán, serían según los sostenedores de esta teoría, el profeta David, el profeta Abraham, y el profeta Ismael.

Según se desprende del relato veterotestamentario del Génesis, Abraham habría vivido tres generaciones antes que José (fue padre de Isaac, abuelo de Jacob, y bisabuelo de José el visionario), el cual habría residido en las Dos Tierras, siempre según el relato veterotestamentario, durante el dominio de los príncipes pastores, período que abarcaría desde mediados del siglo XVII a mediados del XVI a.C..

Bajo tal condicionamiento establecido por el mismo Libro del Génesis, no se puede sino inferir que Abraham debió haber vivido, según la propia lógica del relato mítico, en algún lapso temporal comprendido dentro de la primera mitad del segundo milenio a.C..

Teniendo en cuenta que Ismael, el segundo profeta del que algunos dicen que aparece mencionado en las tablillas de Ebla, fue hijo de Abraham, es de sentido común situarlo cronológicamente más cercano aún al tiempo de José (mediados del XVII a.C. – mediados del XVI a.C.).

En lo que respecta al tercero de los profetas supuestamente mencionados en las tablillas en eblita y sumerio de Ebla, David, la cronología bíblica lo sitúa entre fines del XI a.C. y mediados del X a.C.

Tales profetas debieron entonces vivir en un período muy posterior al de la datación de las tablillas, establecida entre c. 2.400 y c. 2250 a.C..

La inclusión de los nombres de los profetas en el imaginario de los antiguos israelitas puedo suponer que la adopción de tales nombres se debiese al hecho de que estos hubiesen sido adoptados de entre los que ya circulaban entre las creencias transcendentes de los pueblos de Siria-Palestina desde hacía muchas generaciones. En este sentido, los profetas podrían haber constituido el reflejo antropomórfico de antiguas divinidades presentes en la psique politeísta.

Pseudonimia               

El hebreo arcaico utilizado en la época del primer templo comenzó a formarse después del X a.c., y a partir del VII a.c. comenzó a ser sustituido por el arameo, época a partir de la cual comenzaron a redactarse en ambas lenguas los primeros textos veterotestamentarios.

En la época en que el pseudohistoricismo hace vivir a Moisés, siglos XIII-XII a.C. no se conocían ninguna de aquellas dos lenguas, pues era entonces el fenicio-hebraico la que pudieron conocer las tribus israelitas de aquel período histórico.

A pesar de ello y contra toda lógica, puesto que no existe texto veterotestamentario alguno escrito en fenicio-hebraico, este pseudohistoricismo le otorga a Moisés la autoría de algunos de los escritos sagrados hebreos. Las lenguas en las que fueron redactados aquellos más antiguos, hebreo o arameo, no eran conocidas en los tiempos en los que la cronología bíblica hace vivir a Moisés.

De ello se puede inferir que la pseudonimia fue una práctica usual en el proceso de transcripción de distintos relatos mitológicos mesopotámicos al canon religioso hebreo a partir de la segunda mitad del primer milenio a.C. ya en tiempos del Segundo Templo.

Monoteísmo imperfecto y teofanía

La mente humana ha plasmado en los textos veterotestamentarios, neotestamentarios,y coránicos, fundamentos del canon monoteísta,  su forma de concebir la teofánia como suceso sobrenatural consustancial a la originaria naturaleza humana, fitra en el lenguaje coránico.

Sin embargo, mientras que en el Antiguo Testamento y en el Corán la sustancia teofánica se manifiesta a través del descenso de la palabra revelada por dios mismo o un ángel a un profeta, en el Nuevo Testamento la sustancia teofánica se funde en un descenso de naturaleza corpórea, manifestado en la persona de Jesús.

El monoteísmo expuesto tanto en los textos judíos, cristianos, como islámicos, no es perfecto, pues todos ellos contienen ideas que subrepticiamente difuminan esa esencia única que dogmáticamente los creyentes de unas y otras religiones le atribuyen a sus escritos sagrados.

Los elementos asociados al dios único constituyen residuos de una evolución conceptual cuyo rastro en el tiempo es susceptible de ser escrutado hasta entroncarlo con las bases doctrinales de arcaicas creencias politeístas.

El monoteísmo no surgió como tal entre los hebreos hasta después del tiempo en que estos fueron sometidos y desterrados por Nabukudurriussur. Fue entonces cuando la casta sacerdotal dominante impulsó la transformación psíquica del henoteísmo étnico en creencia en un dios único, debido a la necesidad de cohesionar a su pueblo ante el peligro de descomposición social, y consecuentemente de desaparición de los lazos de unidad psicológica entre las diferentes tribus hebreas.

Todo ello bajo la presión a la que desde hacía generaciones estaban sometidos como pueblo por las políticas expansionistas de los imperios de su entorno, hecho que habría incidido de manera determinante en su concepción psicológica del mundo y en el reforzamiento del sentimiento de singularidad respecto de si mismos que imbuía a los hebreos.

Si los conceptos teológicos de los que nos hablan los textos religiosos hebreos constituyen adaptaciones de la antigua religión henoteísta, esta a su vez evolucionó de otra más arcaica.

Su desarrollo se manifiesta entonces en un entorno geográfico determinado, entre un grupo étnico cohesionado por una lengua común y una religión politeísta que concebía la existencia de una deidad principal junto a la de otras muchas de orden secundario. El peligro de que la inestable situación política bajo la que se veían obligados a tener que vivir derivase en la conformación de grupos sectarios que siguiesen a una u otra divinidad menor, impulsó la decisión de la élite sacerdotal de eliminar tal multiplicidad de divinidades.

Conclusión

La atribución a las tablillas de Ebla de menciones que supuestamente respaldarían el relato bíblico del Antiguo Testamento, constituye un intento más de manipulación de las evidencias científicas, para intentar hacer creer a la opinión pública que estas respaldan los relatos míticos consustanciales a toda creencia religiosa.

En esta tarea no dudan algunos autores con creencias religiosas, respaldados por líderes religiosos de las comunidades a las que pertenecen, en recurrir a la falsedad para favorecer su influencia o liderato. El poder y la ambición por obtener sustanciosos aportes de dinero están siempre así en la raíz de todas estas actitudes innobles

Diodoro Sículo y los meses egipcios contados como años

El debate en torno a como los egipcios de la época de los faraones contaban sus años se remonta a la Antigüedad Clásica, cuando algunos autores apreciaban inverosimilitud en los enormes lapsos temporales que los egipcios otorgaba a sus dioses.

SAGRADA BIBLIA

En latín y español

Con notas

Literales, críticas e históricas

Sacadas del Comentario de d. Agustín Calmet, Abad de Senopes, del Abad Vence

y de los más célebres autores, para facilitar la inteligencia de la Santa Escritura.

Primera edición mexicana

Enteramente conforme a la cuarta y última francesa del año de 1820.

XIV. Antigüedades de los Egipcios: su historia

La relación de los antiguos nombre de Egipto con lo que de el dicen los libros sagrados, muestra admirablemente la verdad de estos mismos libros, y refuta los delirios de los Egipcios; porque se sabe sin poderlo dudar, que desde Cam hasta Alejandro el Grande, no puede haber con mucha diferencia un tiempo tan largo, como quieren Maneton y la crónica egipcia.

Cuando hubiere un fundamento que nos obligara a admitir el número de años y de dinástias referidas en aquella crónica, todavía habría respuestas que dar a la excesiva antigüedad que pretenden los Egipcios. Primeramente sostiene algunos que los antiguos años de los Egipcios no eran tan largos como los nuestros. Pelafato (1) dice que al principio contaban ellos los gobiernos de sus reyes por días solamente, después de la muerte de Vulcano, Hélios su hijo reinó cuatro mil setenta y siete días, que hacen dos años comunes, tres meses y algunos días. ¿Quién nos asegurará que los autores egipcios de los tiempos posteriores para ponderar el número de los años de sus príncipes, y para sostener a expensas de la verdad su antigüedad pretendida, no han puesto años e lugar de días?.

Diodoro de Sicilia (Diodoro Sículo) dice que los Egipcios nos cuentan fábulas cuando aseguran que los primeros de sus dioses reinaron cada uno en Egipto o a lo menos mil doscientos años y los menos antiguos trescientos años por lo menos; de modo que desde el reino de Hélios o del sol, hasta el paso de Alejandro el Grande a el Asia, cuentan veinte y dos mil años. Añade pues que excediendo este número toda creencia, algunas personas sostienen para excusar a los Egipcios que antes de fijar el año en doce meses según el curso del sol, le daban un solo mes conformándose con el curso de la luna, así los mil doscientos años del reinado de cada dios se reducirían a mil doscientos meses, o cien años. Dicen también que habiendo posteriormente los Egipcios dado a sus años cuatro meses, dijeron que sus reyes habían reinado cada uno trescientos años, que hacen mil doscientos meses o cien años. Así quedaría reducida a una duración menos distante de la razón la excesiva antigüedad de las dinastías egipcias. Censorino (3) piensa que el antiguo año egipcio era de dos meses, que el rey Pison lo estableció de cuatro, y que luego lo fijó en doce.

Pero es muy dudoso que los años egipcios hayan sido tan imperfectos; en otra parte hablaremos de esto. No insistiremos pues en el argumento que se pretende sacar de aquí.

El texto se puede visualizar en las páginas 143 y 144 del enlace meses contados como años

El sigiente párrafo extraído del texto es significativo respecto a las razones del debate gestado en torno a los inmensos lapsos de tiempo atribuidos por los egipcios a sus dioses. Se trata de buscar en ello una lógica que no tiene.

Añade pues (Diodoro Sículo) que excediendo este número toda creencia, algunas personas sostienen para excusar a los Egipcios que antes de fijar el año en doce meses según el curso del sol, le daban un solo mes conformándose con el curso de la luna, así los mil doscientos años del reinado de cada dios se reducirían a mil doscientos meses, o cien años. Dicen también que habiendo posteriormente los Egipcios dado a sus años cuatro meses, dijeron que sus reyes habían reinado cada uno trescientos años, que hacen mil doscientos meses o cien años. Así quedaría reducida a una duración menos distante de la razón la excesiva antigüedad de las dinastías egipcias.

La mitología no tiene una base racional, forma parte del pensamiento religioso del ser humano, y como tal debe ser comprendido.

¿Tiene algún sentido buscarle racionalidad a los nueve mil años de reinado de Ptah (según Manetón)?.

El debate de los meses contados como años estuvo siempre en el pasado dirigido a especular con la lógica de los autores clásicos y helenísticos, que siempre se referían con ello a la dimensión mítica, no a la histórica.

Si los 9.000 años de reinado de Ptah los transformamos en meses lunares y nos da por ello 727 años con nueve meses solares (según Manetón)..¿habremos encontrado de tal modo la lógica buscada?..

Desde comienzos del siglo XX se conoce como los antiguos egipcios fijaban sus acontecimientos históricos, situándolos en el año de un determinado faraón.

La teoría de que los egipcios contaban sus meses como años es errónea, viene de tiempos pretéritos, y está totalmente desmentida y sobrepasada por el conocimiento del que hoy en día disponemos en materia de egiptología.

Las especulaciones de algunos autores clásicos y helenísticos respecto a que los egipcios podían contar sus lunaciones como años solo tenían contextualización dentro de la esfera mitológica, y dentro también de la psicología que embargaba a esos autores, a través de la cual consideraban que los milenios atribuidos a las divinidades debían tener, siempre desde su condicionada visión del mundo, una lógica racional.

Evidentemente, para una persona del siglo XXI los miles de años que los egipcios atribuían a sus dioses formaban parte de su psicología religiosa, y no hay que intentar buscarle lógica cronológica alguna.

Sin embargo, los atlantólogos utilizan el debate de aquellos autores de hace mas de dos mil  años en torno al tiempo de los dioses del Nilo para buscarle racionalidad a los nueve mil años de la Atlántida de Platón.

Ellos dicen que los egipcios contaban sus meses como años, y que por ello aquellos nueve mil años del filosofo griego deben ser entendido como lunaciones. Es entonces claro que en su mente, el mito se reviste de realidad..la fábula de historia..

Pero lo cierto y constatado por la documentación historica y arqueologica, es que los egipcios nunca contaban su historia aludiendo de manera ambigua a lapsos temporales de miles de años, esto lo dejaban para su mitología.

La manipulación del orden mítico

Una forma clara de manipulación de las consciencias consiste en el establecimiento de premisas, que siendo falsas en su planteamiento, se fijan en el subconsciente, y pasan a formar parte de la realidad objetiva y a ser aceptadas con naturalidad.

Obsérvese el ejemplo de los atlantólogos con respecto a su intención de utilizar las alegorías temporales de Platón para alterarlas en su conceptualización cronológica..

Toman los “nueve mil años” presentes en el relato de la Atlántida, y nos dicen:

Los autores de la antigüedad decían que los egipcios contaban los meses como años, por lo que cuando hablaban de “miles de años, en realidad querían decir “miles de meses”..

Inconscientemente, nuestra mente pasa a dar por hecho que realmente los egipcios hablaban de cosas como “hace x miles de años ocurrió esto” y “hace miles de años ocurrió aquello otro”..y empezamos a esforzarnos en interpretar que querían decir los egipcios cuando empleaban lapsos temporales de inverosímiles miles de años para referirse a sus cronologías históricas.

¿Pero acaso nos preguntamos si realmente es cierto que los egipcios hablaban en esos términos de su historia?.

Incluso personas que tienen conocimientos de egiptología y conocen perfectamente como aludían los egipcios a sus acontecimientos históricos, fijando estos en los años de reinado del faraón correspondiente, se dejan engañar por el poder magnético de la falsa premisa y se preguntan “por qué los egipcios decían que el suceso x había ocurrido en unos inverosímiles miles de años atrás”.

Simplemente con indagar un poco en su propio conocimiento se darían cuenta estas personas de que realmente los egipcios no hablaban de sus tiempos históricos en esos términos.

La premisa de que los egipcios aludían a sus hechos históricos contándolos en años que en realidad equivalían a meses es pues falsa desde su origen, pues no hay modo de racionalizarla al no existir contexto para ello.

Los lapsos temporales inverosímiles eran aplicados en la concepción egipcia para transmitir el relato mítico, nunca el histórico.

En los manipuladores de las consciencias, el orden mítico se superpone y confunde con el orden histórico..

El tiempo de la ausencia en la didáctica de Platón

En el lenguaje alegórico, con alusión a un tiempo sumido en el olvido, como corresponde a la simbología del año concebido antes del nacimiento de Osiris, los trescientos meses transforman sus días en años, que suman entonces 9000 años, con la intención de señalar a un tiempo que se ha perdido en la memoria, un tiempo con ausencia de conocimiento, un tiempo en ausencia de amor..

XI (Ultimo párrafo)

Por tanto, si tomas y aceptas lo que se dice de los dioses proveniente de la interpretación que de ellos hacen quienes saben ver lo reverente y lo filosófico, sidas cumplimiento a las ordenanzas sacerdotales cumpliendo todos los ritos, y con la creencia cierta de que nada podría ser de más agrado a los dioses que cumplir sus ritos desde el conocimiento verdadero, podrás evitar un mal que es incluso peor que el ateísmo: la superstición.

XII

Te relataré ahora el mito prescindiendo, con el mayor de los cuidados, de cuanto hay en él de superfluo e inútil, a fin de que sea lo más breve posible. Según se cuenta, Rhea tuvo cierta unión secreta con Cronos, y el Sol, teniendo conocimiento de su entendimiento, alzó una invectiva contra ella diciendo: No darás a luz durante el mes ni durante el año (1).

No obstante, estaba Hermes enamorado de ella, y había tenido relación, por lo que se dirigió a la Luna, y jugó con ella a los dados. Mediante el juego, le arrebató la septuagésima parte de cada día de su aparición. A base de jugar, consiguió reunir cinco días, los cuales los añadió a los trescientos sesenta (2). A estos cinco días, los egipcios los llaman Epagómenos, que significa adicionales, y durante estos días celebran el nacimiento de los dioses (3). En decir del pueblo egipcio, el primer día nació Osiris (4) y, mientras nacía, oyóse una voz que decía: El Señor de todo cuanto hay, nace en la luz. En aquel tiempo había en Tebas cierto Pamylés que se hallaba extrayendo agua de un pozo, cuando oyó una voz que le pedía que gritase con todas sus fuerzas: El gran rey y benefactor Osiris acaba de nacer.

El texto está extraído del “Tratado de Isis y Osiris” de Plutarco (c. 48 – c. 120), que es la versión griega más conocida de este relato mitológico recogido desde tiempos muy antiguos en los Textos de las Pirámides.

La historia mitológica de Isis y Osiris sienta las bases para conocer la primitiva concepción del calendario egipcio.

Este era de 12 meses de treinta días, por lo que el año egipcio tenía 360 días. Pero aplicando este calendario, los egipcios se terminaron percatando de que cada año se producía un desfase de 5 días respecto del año estacional. Por ello idearon una explicación mitológica que justificase desde un punto de vista religioso el que al año establecido por los dioses de 360 días se le añadiesen otros 5 días más, a los que llamaron epagómenos, que según Plutarco significa adicionales.

Itemu (Atum) descubrió que Nut, diosa del cielo y los astros, y Geb, dios de la tierra (Rea y Cronos en la versión de Plutarco), estaban teniendo una relación amorosa de una pasión tal que provocó que el mundo se quedase sin aire. Itemu ordenó entonces a su hijo Shu, dios del aire, que separase a los amantes, y así este lo hizo.

Pero para entonces Nut ya estaba embarazada, por lo que Itemu se llenó de ira. Para vengarse de Nut, le ordenó no dar a luz durante “el mes” ni durante “el año” (1).

Entonces interviene Dyehuty, Thot para los griegos, dios de la sabiduría (Hermes en la versión de Plutarco), que se pone a jugar una partida a un juego con Jonsu, diosa de la La Luna , con la intención de ayudar a su hermana Nut, pues el premio para el vencedor habría de consistir en el otorgamiento de un tiempo extra que estuviese “fuera del mes y del año”.

Dyehuty consiguió arrebatar a la Luna la septuagésima parte del tiempo en que esta se aparecía durante los trescientos sesenta días del año (2), o sea, el equivalente a 5 días (360/70).

Dyehuty entregó estos cinco días ganados a la luna, epagómenos, a su hermana Nut, que aprovechó esos días para dar a luz a sus hijos, y de esa manera no saltarse la prohibición de Atum que la conminaba a no dar a luz durante el mes ni durante el año (1).

Tuvo un hijo por cada día epagómeno, en el siguiente orden, Osiris, Horus, Set, Isis y Neftis, y por esa razón en  esos días pasaron a celebrarse el nacimiento de los dioses (3).

Por ello para los egipcios Osiris habría nacido el primero de esos días epagómenos (4), es decir, que lo habría hecho fuera de los meses y del año propiamente dichos..

Es por esta razón que en el primitivo calendario religioso egipcio, antes de que “el año” se viese ampliado por los 5 días epagómenos, los meses por si solos configuraban años exactos..12 meses de 30 días, un año de 360 días..

Platón, en los nueve mil años de su cronología Atlántida,  toma el ciclo de 309 lunaciones equivalentes a 25 años, según el calendario egipcio, y lo trasforma en los 300 meses que se incluirían en esos 25 años.

En el lenguaje alegórico, con alusión a un tiempo sumido en el olvido, como corresponde a la simbología del año concebido antes del nacimiento de Osiris, los trescientos meses transforman sus días en años, que suman entonces 9000 años, con la intención de señalar a un tiempo que se ha perdido en la memoria, un tiempo con ausencia de conocimiento, un tiempo en ausencia de amor..

La intimidad con el no enamorado, que se mezcla con una moderación mortal, que dispensa mortalidades y mezquindades, y que produce en el alma amiga un servilismo aplaudido por las masas como virtud, le garantizará a ella nueve mil años sin entendimiento, rodando en torno a la tierra y bajo esta‛ (Platón – Fedro 256 e4 – 257 a2)

La teoría de Eudoxo respecto a los “nueve mil años” de la cronología Atlántida

La teoría esbozada por algunos seguidores de la veracidad histórica de la Atlántida de Platón respecto de que la alusión del filósofo griego a “los nueve mil años” presente en la cronología del relato, debe ser considerada a partir de la premisa de que en realidad se trata de “meses contados como años”, afirmación atribuida al matemático y astrónomo Eudoxo (c. 390 a.C. – c. 337 a.C.), está tomada de una teoría que ya fue esbozada en el siglo XVI por FRANCISCO CERVANTES DE SALAZAR (Toledo, c. 1514 – México, 1575), profesor de la Uuniversidad de Osuna, así como catedrático y rector de la Universidad de México.

Escribió una historia de la conquista de América a instancias del rey Felipe II, que llamó CRONICA DE LA NUEVA ESPAÑA, escrita entre 1557 y 1564, donde en el “LIBRO I. ARGUMENTO Y SUMARIO DEL PRIMERO LIBRO DE ESTA CRONICA”, escribió en el “CAPITULO II. LA NOTICIA CONFUSA QUE EL DIVINO PLATON TUVO DE ESTE NUEVO MUNDO”, el siguiente texto:

Hasta aquí habla Platón, aunque poco más abajo dice “que nueve mil años antes que aquello se escribiese, sucedió tan grande pujanza de aguas en aquel paraje que en un día y una noche anegó toda la isla, hundiendo la tierra y gentes, y que después aquel mar quedó con tantas ciénagas y bajíos, que nunca más por ella habían podido navegar ni pasar a las otras islas ni a la tierra firme de que arriba se hace mención”.

Esta historia dicen todos los que escriben sobre Platón que fue escrita y verdadera, de tal manera, que los más de ellos, especialmente Marsilio Ficino y Platina, no quieren admitir que tenga sentido alegórico, aunque algunos se lo dan, como lo refiere el mismo Marsilio en las Annotaciones sobre el Thimeo,y no es argumento para ser fabuloso lo que allí se dice de los nueve mil años; porque, según Pudoxio, aquellos años se entendían, según la cuenta de los egipcios, lunares y no solares, por manera que eran nueve mil meses, que son siete cientos y cincuenta años.

El texto se encuentra en la página 25 de este enlace Eudoxo en la “Crónica de la Nueva España”, a través del que se puede acceder a esta crónica de la historia de España de Francisco Cervantes de Salazar.

no es argumento para ser fabuloso lo que allí se dice de los nueve mil años; porque, según Pudoxio, aquellos años se entendían, según la cuenta de los egipcios, lunares y no solares, por manera que eran nueve mil meses, que son siete cientos y cincuenta años. (Crónica de la Nueva España)

Se cita a Eudoxo como el teórico de atribuir una equivalencia de “nueve mil meses” (750 años), a la expresión “nueve mil años”, aunque no se cita el texto exacto donde Eudoxo dice tal cosa, ni la obra en la que lo dice, ni obviamente por ello la referencia concreta del supuesto texto, con la que se lo podría ubicar en un contexto determinado.

Pero aun así, en la referencia de Francisco Cervantes de Salazar a la teoría de Eudoxo, se puede apreciar un error interpretativo de bulto.

El hecho de entender los años egipcios como “lunares y no solares” en modo alguno significa que los sacerdotes egipcios, en todo caso, considerasen por ello que esos años eran equivalentes a meses.

Un año lunar es aquel que como referencia astronómica para su ciclo de rotación toma el período de tiempo que tarda la Luna en girar alrededor de la Tierra, esto es, 354 días aproximadamente.

Supongamos que los sacerdotes egipcios no añadían a estos 354 días los que se necesitaban para que cada dos o tres años el ciclo lunar pudiese ajustase con el solar, tal como hacían otros pueblos cercanos a los egipcios como los hebreos Los orígenes del calendario hebreo.

Hacemos entonces un cálculo considerando que cada año de los nueve mil mencionados equivalen a 354 días, y luego los transformamos en años solares, lo que nos daría una cifra de 8738 años, aproximadamente.

Los “nueve mil años” de Platón se reducirían entonces a “ocho mil setecientos treinta y ocho”, si en vez de años solares fuesen estos años lunares.

¿Trirremes en la Atlántida?

Teniendo en cuenta que la historia de la Atlántida que Platón pone en boca de Critias no es una historia griega, sino una historia egipcia contenida en jeroglíficos representados en el templo de Neith en Sais, es difícil imaginar en que contexto podía estar representado el jeroglífico correspondiente al trirreme en ese templo egipcio visitado por Solón en una fecha en torno a la primera mitad del siglo VI a.C..

En el relato del Critias, Platón describe la capital de la Atlántida, y en un momento se refiere a su puerto de la siguiente manera:

También abrieron, siguiendo la dirección de los puentes, los círculos de tierra que separaba los de mar, lo necesario para que los atravesara un trirreme, y cubrieron la parte superior de modo que el pasaje estuviera debajo, pues los bordes de los anillos de tierra tenían una altura que superaba suficientemente al mar. (Critias 115 d-e)

Y unos párrafos más adelante menciona de nuevo los trirremes presentes en el puerto de la capital de la Atlántida:

 Los astilleros estaban llenos de trirremes y de todos los artefactos correspondientes, todo adecuadamente preparado. (Critias 117 d)

El historiador griego Tucídides (c. 460 – c. 396) escribió en los últimos años de su vida sobre la historia de la Guerra del Peloponeso, obra en la que da una fecha aproximada para la construcción de los primeros trirremes:

Dicen que los corintios fueron los primeros que inventaron los barcos de nueva forma, y que en Corinto, antes que en ninguna otra parte de Grecia, se hicieron trirremes. Se que el corintio Aminocles, maestro de hacer naves, hizo cuatro a los samios, cerca de trescientos anos antes del fin de esta guerra que escribimos (1), para lo cual Aminocles vino a Samos. (Tucídides, “Historia de la Guerra del Peloponeso”, Libro I, I)

La Guerra del Peloponeso sobre la que escribe Tucídides (1) acabó en el 404 a.C., por lo que según este autor, la invención de este tipo de barco de guerra se remonta a finales del siglo VIII a.C. o principios del VII a.C.

A pesar de lo dicho por Tucídides respecto de la invención de los trirremes, la documentación histórica y arqueológica disponible no permite datar el uso de trirremes más allá de la segunda mitad del siglo VI a.C.

La utilización por vez primera de trirremes se le atribuye al tirano de Samos, Polícrates (570 a.C. – 522 a.C.), que ya los usaba hacia el año 10 de su reinado (530 a.C.), según se desprende de un texto de Herodóto:

Entonces Polícrates eligió a los ciudadanos presuntamente más decididos a rebelarse y los envió en cuarenta trirremes, encargándole a Cambises que no les permitiera regresar. (Heródoto, “Historia”, Libro III, 44, 2)

Aunque la mención a los trirremes es puesta en entredicho por algunos historiadores críticos que consideran que donde Heródoto decía trirremes quería decir en realidad pentecónteros, lo cierto es que ya a partir de fines del siglo VI a.C. comienza a hacerse extensivo el uso del trirreme entre los distintos pueblos del Mediterráneo.

Los pentecónteros constituían un tipo de navíos de guerra impulsados por cincuenta remeros anteriores al trirreme, como de igual manera lo fueron los triacóntoros o los birremes, caracterizados por disponer de dos niveles de filas de remeros. Los triacónteros, impulsados por treinta remeros, fueron los navíos que en la Iliada Homero identificó con las negras naos, aquellas que los aqueos utilizaron en su expedición militar a Troya. El pentecóntero dejó de utilizarse hacia fines del siglo VI a.C., coincidiendo con la aparición del trirreme.

Algunos autores atribuyen la invención del trirreme a los fenicios:

76.7. Hemos oído que los persas fueron los primeros que fabricaron un carro, una cama y un escabel; y los sidonios aparejaron la nave trirreme. (Clemente de Alejandría (siglo II – c. 214), “Stromata” – Libro I, Capítulo XVI: Origen bárbaro de las invenciones. Invenciones de los pueblos bárbaros)

Aunque hay controversia sobre si los relieves que representan estos tipos de navíos atribuidos a los fenicios, se corresponden en realidad con birremes, en lugar de con auténticos trirremes.

No obstante, aun atribuyéndoseles la paternidad del tipo de navío de guerra conocido como trirreme a los fenicios, no se retrasaría su invención más allá de la segunda mitad del siglo VIII a.C, época hacia la que también Tucídides atribuye su invención a los corintios. Histórica y arqueológicamente, la realidad del trirreme surcando las aguas del mediterráneo solo está documentada a partir de la segunda mitad del siglo VI a.C.

Teniendo en cuenta que la historia de la Atlántida que Platón pone en boca de Critias no es una historia griega, sino una historia egipcia contenida en jeroglíficos representados en el templo de Neith en Sais, es difícil imaginar en que contexto podía estar representado el jeroglífico correspondiente al trirreme en ese templo egipcio visitado por Solón en una fecha en torno a la primera mitad del siglo VI a.C..

Los historiadores griegos Heródoto (484 –  425 a.C.) y Tucídides (460 – 396 a.C.), están entre los primeros que citan al trirreme en sus escritos, pero la mención más antigua a este tipo de navío de guerra se atribuye el poeta también griego Hiponacte de Héfeso, que se considera vivió en algún período impreciso de tiempo comprendido en el siglo VI a.C..

Solón en su época podía conocer de pentecóntero, triacóntoro, o birreme, pero no de trirreme. Digamos que si este hubiera querido adaptar la denominación transmitida por el sacerdote de Sais del jeroglífico que en el templo de Neith aludía a las naves de guerra de Atlántida al conocimiento de los griegos de la primera mitad del siglo VI a.C, hubiera utilizado una terminología referida a una de estos tres tipos de navíos de guerra.

¿Por qué habla entonces Platón de la presencia en la flota de guerra de Atlántida de trirremes?..